6/2/10

Aquellas populares lavanderas


Por Joaquín Martín de Uña
Hace menos de 100 años, la mayor parte de las casas de nuestra ciudad carecían de agua corriente. Eran los tiempos en que las fuentes de la ciudad servían no solo para apagar la sed de los paseantes de sus calles y plazas, sino que les proporcionaban el preciado líquido para asearse, cocinar, fregar los suelos y lavar la ropa.
Pero las necesidades derivadas de la falta de agua corriente en los domicilios vallisoletanos, se remontan a fechas muy anteriores a la “traída del agua” y nuestros ríos fueron los medios con que contaron nuestros antepasados para atender, entre otras sugerencias, la limpieza de sus ropas.


Si las riberas del Pisuerga, con preferencia en las proximidades de las aceñas, acogían a buena parte de las lavanderas de la ciudad, el Esgueva, en cualquiera de sus ramales era utilizado en alguno de los puntos de su curso, para lavar la lana recién cortada a las ovejas, con la que se confeccionaban los colchones de las camas de los vecinos de entonces.
Como era natural en la época, las mujeres de la casa lavaban la ropa, aunque en las casas entonces llamadas “bien”, este trabajo solían realizarlo las lavanderas, mujeres cuyos servicios se contrataban en función de la cantidad y frecuencia de la ropa de lavar.
En el caso de no disponer de lavadero doméstico (del que carecía la inmensa mayoría de las casas) y si no era alguna de las mujeres de la familia la encargada de “ir a lavar”, las lavanderas recogían la ropa para lavarla en el río o en alguno de los lavaderos públicos –pero de propiedad particulares-.


Hubo lavaderos en el barrio de las Delicias, en el barrio de La Pilarica, en la Plaza Tenerías y quizá alguno más en los barrios tradicionales.
Las lavanderas fueron personajes populares y su semblanza –la de una mujer de no avanzada edad, provista de un cajón de madera que utilizaba para llevar la ropa y arrodillarse sobre el desigual terreno de las orillas de nuestros ríos- constituían una estampa cotidiana para los vallisoletanos de entonces.
Pese a lo que el recuerdo pueda tener de entrañable, ello no quita un ápice de dureza al trabajo que realizaron estas mujeres, a quienes la dura meteorología vallisoletana no impedía cumplir con una labor que, materialmente, “cortaba” y deformaba sus manos en un servicio imprescindible que nunca les fue reconocido.

Fuente texto y fotografías: Valladolid, una ciudad contada (Joaquín Martín de Uña)
Editado por el Ayuntamiento de Valladolid.
ISBN: 84-95389-01-0
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1 comentario:

Javier Adán dijo...

Menudo frío.
Que invento la lavadora.

 
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