4/3/11

La iglesia y convento de Santa Clara


Es uno de los más antiguos de Valladolid, localizado en zona de extramuros de la primitiva villa. Antolinez de Burgos, Canesi, Sangrador y González García-Valladolid trataron de los orígenes y patronos del convento; la etapa de su fundación ha sido especialmente estudiada por Fray Modesto Sarasola.
Primeramente se instalaron los frailes de San Francisco, pero sin tardar las Clarisas lo hacen asimismo en la ciudad. El Papa Inocencio IV otorga bula, en 1246, permitiendo a la comunidad femenina de Valladolid que construyesen iglesia y monasterio. Siguieron diversas bulas dirigidas al obispo de Palencia y Abad de Valladolid rogando dieran todo género de facilidades a las madres para instalarse definitivamente.


El pueblo de Valladolid las acogió con benevolencia. Igual recomendación hizo el Papa al Príncipe don Alfonso, primogénito del Rey de Castilla y que luego reinaría como Alfonso X el Savio. Alejandro IV, que sucedió al Papa anterior, prosiguió su tarea a favor de las monjas, que primeramente se llamaron de San Francisco. Se establecieron en casa de una ilustre dama vallisoletana, llamada doña Sol. En esta morada nació pues, el primitivo monasterio. Al fallecer el hijo de ésta, Martín Fernández, recibió sepultura en el convento, hecho que motivó la excomunión por el abad de la colegiata de Valladolid. Acudieron las madres al Pontífice Alejandro IV, quien autorizó el obispo de Zamora para que levantara la pena. Los Papas concedieron a la familia de doña Sol diversas mercedes, para corresponder a la generosidad que éstos mostraban con la comunidad franciscana. Gracias a la documentación del convento, leída por el Padre Sarasola, conocemos los beneficios, exenciones y mercedes que otorgan los reyes Alfonso X, Sancho IV, Fernando IV y otros monarcas.


En relación con el convento, circula la tradición de la protección que dispensara al convento don Alonso de Castilla. Se decía que este caballero era hijo natural de don Pedro de Castilla y de una dama inglesa. Ordenó ser enterrado en el monasterio, en la capilla que había fundado en el coro. Cuando alguna persona estaba próxima a morir, dentro del ataud se oían ruidos que anunciaban el acontecimiento (tema que trataremos en un artículo aparte del blog). Aunque nebulosa la historia, parece cierta su relación con el convento.
Diversas personas han sido protectoras del convento. Así don Juan Arias del Villar, obispo de Sigüenza y Presidente de la Chancillería de Valladolid, quien edifica hacia 1485 la iglesia gótica. Sus armas consistían en cuatro veneras, flor de lis y orla con cinco estrellas, según Canesi. El cuerpo de la iglesia se conserva, aunque fuera reformado como se dirá en el siglo XVIII, se debe a su protección. También otorgó su ayuda doña Inés de Guzmán, Condesa de Trastámara. En primeras nupcias estuvo casada con don Pedro Álvarez Osorio. Casó después del fallecimiento de éste con don Alonso Pérez de Vivero. Después de enviudar, ingresó en el convento de Santa Clara, construyó una capilla, donde fue sepultada, conservándose la lápida en el coro.


También considera Canesi gran bienhechor al licenciado Rodrigo Juárez, abogado de la Real Chancillería, quien donó un retablo que estaba en el lado del Evangelio de la iglesia.
Hecho decisivo fue la adquisición del patronato de la capilla mayor por don Galván de Boninseni. La escritura de compra se firmó el 19 de septiembre de 1525. En virtud de ella, él y su mujer (Catalina Perrota) adquieren dicha capilla para establecer el enterramiento familiar. Se le permitía poner sus armas y modificar lo que quisiere, lo que le sirvió para retirar los escudos de su antecesor en el patronato, el obispo Juan Arias de Villar. Asimismo, se pondría una reja para separar la Coapilla del ámbito del templo. Dejaba para el culto una dotación de casullas, dalmáticas y frontales. Don Galván era señor de Villarmentero y llegó a ser regidor de Valladolid, cargo que ostentaron sus herederos. Poseía un magnífico palacio en la Plaza de la Trinidad (hoy de Santa Ana), que ensalza Pinheiro de Veiga, diciendo que poseía 390 aposentos.


Estas casas principales sufrieron un grave incendio en 1736, descrito por Canesi, quedando muy malparadas. Tuvieron un hijo, Antonio de Boninseni, quien casó con María de Nava. Era hija ésta de don Pedro de Nava y doña Juana de Ondegardo y hermana de don Juan de Nava. En la iglesia se hallan los sepulcros de doña Isabel de Nava y Boninseni y de su tío Pedro de Boninseni, y el de don Juan de Nava, pero don Galván, poseedor del patronato, no llegó a recibir sepultura en esta capilla.
En el siglo XVIII la iglesia experimentó una notable mejora. En 1730 se concertaba el retablo mayor, con el ensamblador y escultor de Valladolid Pedro de Correas. Tan grandiosa obra hizo necesaria una transformación del templo, que recibió sobre todo un espléndido abovedamiento. En rigor se hizo una reedificación, pues el edificio amenazaba ruina. Según Canesi, la iglesia fue demolida “desde los cimientos, y dando principio a su reedificación, toda la piedra conforme antes estaba, la concluyeron en el cuarenta y dos”. Quier decir, que se respetó la estructura del templo e incluso una gran parte de sus materiales.

Sepulcro de Juan de Nava

El retablo, que acababa de ser inaugurado, tuvo que ser desmontado mientras se hacían las obras. De éstas hay información en el libro de cuentas del convento. En 1740 comenzaron los trabajos. El importe de la obra ascendió a 60.000 reales, pero se hicieron mejoras. No sabemos quien dio la traza, pero el ejecutor fue el maestro de obras de Valladolid José Morante. Para reconocer el trabajo y tasar, intervino el arquitecto Manuel Serrano, que era vecino de Madrid pero residía en Valladolid, empeñado en realizar las iglesias de Rueda y Renedo. La obra concluyó en 1742. Ventura Pérez recoge el hecho y aclara su alcance: ”deshicieron el lienzo de pared que mira a la calle y las bóvedas”. Y en efecto, el examen del edificio acredita que se conserva en lo substancial el edificio del siglo XV.


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-Fuente: Monumentos religiosos de la ciudad de Valladolid. Parte Segunda. (Juan José Martín González – Fco. Javier de la Plaza Santiago. ISBN: 84-505-5518-3
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