30/11/11

Valladolid 1959. Los treinta de la Vespa


Por Victor M. Vela
Había una báscula junto al hangar de la base aérea de Villanubla que traía de cabeza a Virgilio Collantes (Valladolid, 1932) y sus compañeros de hazaña. Allí tenían que subirse todos los días y comprobar que mantenían el peso estable. Prohibido ganar o perder algún kilito durante dos meses. Estaba todo tan medido, tan milimetrado, que un gramo de más podía tirar abajo todo el castillo de naipes. Los cálculos los había hecho Pablo Collantes, hermano de Virgilio y preparador físico para la ocasión. Él se había encargado de repartir pesos para que la proeza no cayera en saco roto. Sabía que Virgilio pesaba 97 kilos. Que Manuel Herreras sumaba 49. Que Mariano Gómez tenía 40 y Ángel González 52,5. Y así hasta 30. El truco consistía en repartir esos pesos para conseguir que los treinta vallisoletanos (con Virgilio, el más pesado, sobre el sillín) pudieran subirse en una vespa y que la moto anduviera unos metros. Era difícil. Una empresa casi imposible... que se consiguió. Fue el 22 de febrero de 1959. Lo certifica el notario Ignacio Martín de los Ríos y da fe EL NORTE DE CASTILLA, que se hacía eco de la hazaña. Valladolid batía récord mundial. Treinta hombres sobre una vespa.

En 1958 Collantes ya consiguió batir el record logrando la hazaña de subir a 17 personas en una Vespa

Un año después se logró superar el record que todavía se conserva en la actualidad

Esta aventura, que se remonta al 15 de agosto de 1957. Aquel día, el Vespa Club vallisoletano recibió un telegrama desde la agrupación londinense. El secretario general Wicell Bond decía que en Inglaterra habían conseguido establecer un récord al subir a trece hombres sobre una moto y añadía: ¿Puede alguien igualarlo?
La preguntita de marras le tocó la moral a Virgilio Collantes (con taller y servicio oficial de vespa por aquella época en la calle Panaderos). ¿Que si puede alguien? «¡Nosotros podemos». Domingo 19 de enero de 1958, en el paseo de las Moreras. Cientos de personas entre el público (incluso subidos en los árboles para ver mejor) y 17 chavales encima de una vespa. «Cuando se enteraron los ingleses no nos creían. Incluso nos dijeron que no se montara más gente en la moto, que podía ser peligroso».



Con peligros iban a venir los ingleses a Collantes y compañía. «En seguida nos propusimos llegar a los 30». De ahí los ensayos en Villanubla, de ahí los controles del peso para que nadie se pasara de kilos, de ahí la labor de ingeniería para ver cómo debía ponerse cada uno. Dónde los pies y dónde las manos para no perder el equilibrio. Fueron semanas y semanas de ensayos hasta que por fin llegó la intentona final. El 22 de febrero de 1959. Treinta hombres sobre una vespa plata metalizada que a Virgilio Collantes le costó 17.000 pesetas de la época y que, por desgracia, no conserva. «Con esa moto fui a París, a la fábrica de Vespa en Italia, hice espectáculos taurinos en multitud de plazas de toros de la provincia...» ¿Cómo? «Sí sí. Chemari (José María Alonso) y yo íbamos a las plazas de toros, nos soltaban una vaquilla y nosotros la toreábamos desde la moto».
Más de cien personas llegaron a componer el activísimo Motoclub Vespa de Valladolid que a finales de los años 50 decidieron que la ciudad debía aparecer en el libro de oro de los récord históricos. Y lo consiguieron. ¡Vaya que sí!

-Fuente: El Norte de Castilla

29/11/11

El soterramiento del río Esgueva

El Esgueva en la Plaza de Portugalete.
Fotomontaje de Juan Carlos Urueña Paredes

Por Pablo Gicosos (Arquitecto)
La relación de la ciudad de Valladolid con el río Esgueva era a finales del siglo XVIII, principios del XIX una relación ambivalente, con sentimientos encontrados: todavía se daba cierto equilibrio entre ventajas e inconvenientes. Desde luego el Esgueva estaba ya proscrita para beber, habida cuenta de su carácter de colector de aguas residuales. Pero sus aguas aún eran útiles. Además de esta función recolectora de la suciedad (que acabará determinando su destino), seguía usándose para lavar. Y como fuerza motriz para molinos y algunas fábricas o talleres. La limpieza del cauce y el mantenimiento de los puentes eran tareas que habían de acometerse periódicamente. Circunstancias que se agravaban cuando el río se desbordada.
Este estado de cosas se alteró, sin embargo, a partir de 1840. Entre esa fecha y hasta 1864 la ciudad experimenta un periodo de importante desarrollo económico. Se pone en servicio el Canal de Castilla, completa la línea ferroviaria Madrid-Irún, pasando por Valladolid. Asimismo el impulso económico tuvo su incidencia en el desarrollo urbano.

Desembocadura del ramal sur del Esgueva. Al fondo las Tenerías

En este contexto de cambio y voluntad de modernización no es de extrañar que el delicado equilibrio mantenido hasta entonces entre la ciudad y el Esgueva se rompiera. Renovadas exigencias de ornato y salubridad reclamaban un cambio. Y había dinero para hacerlo.
A finales de la década de 1840 la decisión estaba tomada. El Esgueva se había convertido en una cloaca, un colector de inmundicias que en verano, con caudal escaso, exhala continuamente “fetidez y perjudiciales miasmas”; se decide que un modo eficaz de paliar esta situación es cubrir su cauce, mantener las esguevas como colectores, pero cubiertos.










Restos de puentes sobre el Esgueva

La favorable coyuntura económica favoreció una rápida ejecución de la obra. En menos de una década el brazo interior se cubre desde la calle Paraíso hasta pasado el Espolón nuevo, con tan solo unos metros sin encauzar en la calle Magaña (el llamado lavadero de Portugalete).
La obra básicamente consistía en levantar en el mismo lecho del río unos muros de mampostería de piedra del lugar sobre los que trabar una amplia bóveda de ladrillo. La bóveda se recubre posteriormente con tierra, constituyéndose así el firme de lo que pasaba a ser un espacio urbano (calle o plaza). La satisfacción por la empresa acometida fue tal que animó de forma inmediata a repetirla con el brazo sur, aunque las condiciones de este cauce, fueran otras (de hecho, en años sucesivos, las iniciativas de cerramiento de algunos de sus tramos coincidirán con otras, más sensatas, de mejora del cauce a cielo abierto).

Estos ojos se sitos en el Prado de la Magdalena se construyeron
para que el Esgueva atravesase la antigua cerca de la ciudad.

En los años siguientes (década de los 70), con una lentitud exasperante tan solo se acometieron algunos cerramientos puntuales, de tramos de corta extensión. De hecho, la única intervención de envergadura planteada para este ramal fue la que se intentó, y con poco éxito, en el tramo entre Santiago y el Espolón viejo (el tramo entre el Rastro y el Arco de Santiago, o sea, la actual Calle Miguel Iscar se había finalizado de manera excepcional en 1877).
Para entonces la ciudad ha comprendido que son necesarios otros planteamientos. Su desencuentro con el Esgueva no se resolvía con la política de “soterramiento” ensayada hasta la fecha que no era capaz de contrarrestar la degradación e insalubridad crónica que seguía castigando a prácticamente todo el casco urbano. Lo que se propone es desviar completamente el río, con un nuevo canal que arranque en el ramal sur nada más cruzar el ferrocarril, e intercepte el ramal norte antes de entrar en el prado de la Magdalena. Para ello había que construir antes el alcantarillado que asumiera la función colectora que hasta ese momento vino cumpliendo el río.

Detalle de un grabado realizado en 1841 que da cuenta de la ruina
de la torre de la catedral. Al fondo el puente de Magaña


La obras de desvío comenzaron en 1908 y se completaron en 1910. Estando ya las aguas del Esgueva circulando por su nueva traza hubo de resolverse un último asunto. En los viejos cauces persistía un lecho de lodo y porquería. Por debajo de las bóvedas de los tramos canalizados, y a cielo abierto en el resto. Como medio más rápido y económico se proyecta un relleno y drenaje de ambos cauces.
A partir de entonces los problemas de salubridad y ornato desaparecieron, salvo para los nuevos barrios que pronto empezaron a ocupar los márgenes del nuevo cauce. El río ha seguido desbordándose y hasta hace poco ha presentado un aspecto sucio y hostil siendo una extensa y poco amable solera de hormigón, recorrida por un escuálido hilo de agua).

El río en la actualidad

En 1992 se modificó el cauce ajardinándolo, con paseos arbolados en ambas márgenes.
Por debajo de las calles antes recorridas por ambas esguevas quedan ahora restos de alguno de los puentes y las conducciones realizadas que, salvo alguna demolición puntual mantienen sus muros laterales de piedra y sus bóvedas de ladrillo. Pero tan solo algunas son visitables (como las bóvedas de la calle Santiago, y de debajo del cuerpo saliente de San Benito, y parte del recorrido entre éste y los jardines de Poniente por un lado, y hasta Platerías por el otro…). El resto está colmatado de tierra, la que se usó en las obras de drenaje comentadas.

-Fuente: Resumen del artículo “La Esgueva soterrada”. Conocer Valladolid. IV Curso de patrimonio cultural 2010/11. ISBN: 978-84-96864-63-4


27/11/11

La estación depuradora de San Isidro

El depósito de aguas que aún hoy abastece a la ciudad vallisoletana desde el alto de San Isidro fue concebido como punto final de la traída de aguas desde el río Duero a través del canal del mismo nombre. El promotor de esta magnífica construcción fue el Marqués de Salamanca, principal accionista de la Sociedad Canal del Duero, constructora de la obra.
Cuando las obras del canal del Duero ya habían comenzado, se decidió el inicio de la construcción de unos grandes depósitos para el agua, con el fin de hacerlas reposar y, gracias a la gravedad, distribuirlas por la ciudad.
El inicio de las obras se constata en abril de 1883. Lo que en principio parecía una obra de escasa dificultad se tornó rápidamente en una complicada operación. La causa principal era el reducido número de operarios que se habían dispuesto para comenzar las excavaciones. Estos, dado la dureza del terreno en aquel lugar, donde la piedra aflora de manera inmediata, no conseguían hacer avanzar las obras. Los técnicos reaccionaron de manera inmediata y propusieron barrenar todo el espacio.


Esta solución fue adoptada rápidamente, ya que en junio de 1883 se hacía constar las explosiones que había en el alto de San Isidro, a pesar de lo cual el avance era lento y difícil. Estos problemas continuaron hasta completar el socavón del depósito, tal y como lo confirma el hecho de que un año después del comienzo del barrenamiento del lugar aún no se hubiera concluido y se destacaban las enormes complicaciones con que se estaban encontrando los obreros.
Las obras de construcción de la cubrición del depósito se iniciaron en 1885. Este se compone de dos depósitos cubiertos. La techumbre es de atirantado de hierro que se sostiene por unas bellas arquerías de ladrillo y cemento. La capacidad total es de 12.500 metros cúbicos.
En febrero de 1886 las obras habían avanzado notablemente, ya que se habían concluido las arquerías del segundo depósito. Es de destacar que en algún momento, tal y como dice la noticia, se había pensado en sustituir el atirantado de hierro por una bóveda de piedra, pero el aumento de presupuesto que esto supondría y la dilatación del fin de las obras debieron desaconsejarlo.


Por fin, a finales de verano de 1886, algo más de tres años después del inicio de las obras, éstas tocaban a su fin. Definitivamente, el día 6 de septiembre, el agua del canal del Duero llegaba hasta el depósito.
En la actualidad el depósito está siendo rehabilitado y modernizado.


Ver mapa más grande


-Fuente: El siglo en que cambió la ciudad. (José Miguel Ortega del Río). ISBN: 84-95389-10-X

25/11/11

Brad Pitt en Valladolid

El actor con la Espiga./El Norte

Han pasado veinte años desde que un jovencísimo Brad Pitt –tenía entonces 27 años aunque cumpliría los 28 un par de meses después– subiera al escenario del Teatro Calderón de Valladolid para recoger la Espiga de Oro a la Mejor Película de la 36 Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) de 1991: ‘Thelma y Louise’, filme en el que el actor estadounidense interpretaba a un vaquero autoestopista que seduce al personaje de Geena Davis para robarle. Su trabajo en este filme le abrió las puertas para ‘Entrevista con el vampiro’ o ‘Leyendas de pasión’ pero, hasta ese momento, Brad Pitt era un total desconocido para el gran público. Y así pasó por Valladolid, «como otros cientos de actores que no tienen ni cara ni ojos. Nadie le conocía y nadie se volvía por la calle a mirarle», recuerda el empresario cinematográfico Francisco Heras.
El entonces director de la Seminci, Fernando Lara, también recuerda al ‘chico del pañuelo en la cabeza’. «Se portó como un absoluto profesional: atento, simpático y muy accesible. Siempre iba con su pañuelo en la cabeza como un pirata y ese atuendo llamaba la atención». «El último día no había manera de sacarle de la habitación y esto creó un gran estado de nerviosismo entre los miembros del festival y los de la distribuidora de la película. Cuando, después de muchas llamadas y ruegos, conseguimos que saliera, dio como explicación que estaba tan bien en Valladolid que no tenía ganas de marcharse del festival», rememora Lara, actual director del Instituto de Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA).



Y aunque para la mayoría Brad Pitt pasó por la Seminci, y por Valladolid, como un actor más, no así la película que vino a defender y que compartió ex aequo con ‘El liquidador’, de Atom Egoyan, el máximo galardón de aquella 36 edición del festival de cine vallisoletano. «Aquel año fue uno de los más importantes de los últimos 25. Tocamos techo porque había una programación extraordinaria y ‘Thelma y Louise’ encumbró al festival. Desgraciadamente, no siempre se tienen buenas películas y de esa nos acordamos constantemente», cuenta Francisco Heras. «La película se presentó en Cannes fuera de concurso y fue en Valladolid donde recibió su primer premio. Tuvo muchas críticas, que luego se demostró que eran infundadas, pero el jurado, desde el principio, la tuvo entre sus favoritas», detalla el entonces director de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, Fernando Lara.


23/11/11

El desaparecido Café Royalty

Fotografía de la Calle Santiago en la que, al lado derecho, aparece el Café Royalty

Por Joaquín Martín de Uña

En la relación de desaparecidos de nuestra ciudad y ocupando, quizás, el tercer lugar -tras las personas y los edificios históricos- podemos situar los edificios destinados al ocio de las sucesivas generaciones pucelanas, entre las que pueden incluirse los teatros, frontones, cines campos de deporte, bares y cafés.
Entre estos últimos ocupó un lugar muy importante a principios de siglo y durante más de cincuenta años, el café que fuera propiedad de D. Salustiano Santos Lorenzo, -administrado por sus hermanos D. Ciriaco y D. Jesús-, que hasta el mes de septiembre de 1.947 estuvo emplazado en la esquina de las calles de Santiago y de Claudio Moyano. Tenía su acceso principal desde la primera de ellas -a través de una puerta giratoria, que fuera admiración de la ciudad, y que siguió utilizando durante años la entidad bancaria que ocupa las instalaciones del antiguo café-, mientras que por la calle de Claudio Moyano se accedía a través de una puerta más pequeña, precedida por un pequeño escalón descendente que desembocaba directamente frente a la barra del viejo café. Unicamente se utilizaba para depositar los servicios de los camareros ya que los clientes efectuaban sus consumiciones cómodamente sentados en los tresillos y sillones situados entre las seis columnas de hierro del amplio salón de aquel café que se conoció como El Royalty.

Foto: Archivo Municipal de Valladolid

En su época fue uno de los cafés más importante de Valladolid y no sólo por lo completo de sus instalaciones -cámaras frigoríficas, fabricación de hielo y elaboración de helados para el consumo propio-, sino porque dispuso de un pequeño escenario, situado a unos dos metros de altura del suelo, en el que se dieron algunas de las primeras sesiones de cinematógrafo complementadas de varietés y conciertos ofrecidos por el que fuera famoso Trío Corbino, en el que el violinista cuyo apellido cedía al nombre del conjunto-, era acompañado al piano por Quevedo, y al violoncello por Puga.

Espectáculos musicales
Melodías clásicas y música ligera alternaban en el repertorio del conjunto de cuerda, entre las cuáles alcanzaron notoriedad tanto la Rapsodia Húngara nº 2, de Listz, como los estrenos nacionales de los cantables de películas como Allá en el Rancho Grande o La Caravana, Ross Marie o La silla Vaquera, interpretada por Olga Ramos, Jorge Sepúlveda o La mulata Rizo.


Son de recordar las diversas categorías laborales de los varios camareros que atendían a los clientes situados en los tres espacios en los que se dividía el salón, y que los camareros llamaban rangos, siendo el más solicitado el señalado con el número uno, también llamado del chaflán, atendido durante varios años por el popular Lucio Vielba, quien a su profesionalidad añadía su apostura y simpatía.
Entre las especialidades del café se contaban el chocolate con picatostes -tiras de pan bañadas en leche azucarada y después fritas- elaborados en la pequeña confitería de la calle de la Pasión- servicio que se complementaba con un vaso de agua que en verano se servía deliciosamente helado. Las dos clases de café: de puchero -30 céntimos-, o express -75 céntimos-, que eran servidos por el camarero del café y el echador, encargado de preparar las mezclas de café y de leche de acuerdo con los gustos de los clientes.
Nota distintiva del café fue la visera de hierro y cristal que ceñía la parte superior del local y que en verano se cubría con una lona que atemperaba los rigores del sol vallisoletano.

Gozaron de gran aceptación, por parte de los vallisoletanos, los conciertos que el café ofrecía las mañanas de los domingos y días de fiesta, las llamadas matinés, en las que se tomaba el vermouth, acompañado de aceitunas o patatas fritas, mientras se escuchaban las interpretaciones del Trío Corbino, anunciadas con antelación por medio de programas repartidos por la ciudad.
Durante los días calurosos eran masivamente solicitados los sorbetes de distintos sabores servidos en recipientes cuadrados de alpaca y adornados con diminutas sombrillas chinas. Cuando el buen tiempo lo permitía, las mesas del café salían de su salón y se instalaban en las calzadas de las calles próximas, lo que hacía conveniente la intervención del llamado -por los camareros del local- tendido de los sastres, un grupo de fervientes melómanos que, al no poder sentarse a efectuar sus consumiciones, permanecían de pie en las inmediaciones del café escuchando la música y tratando de silenciar y poner orden en el escaso tráfico rodado que en aquellos años circulaba por la ciudad.
D. Santiago Nieto Pérez, que en su juventud recorriera, en el café recordado, toda su escala laboral, ha prestado desinteresadamente sus recuerdos de esta época sin cuya ayuda el presente escrito habría sido diferente y, sin duda, menos completo. Gracias.

-Fuente: El Norte de Castilla / 28 de noviembre de 1999

22/11/11

Fuego en Castilla - José Val del Omar


Fuego en Castilla es un sorprendente film experimental de José Val del Omar, segundo título de su "Tríptico elemental de España", que logró una mención especial en el Festival de Cannes por sus logros técnicos. Y ciertamente es fascinante el modo en que utiliza la imaginería de la Semana Santa castellana, las tallas de Berruguete, Almagro, Juan de Juni..., con unos efectos lumínicos increíbles, difíciles de describir, las imágenes parecen como animadas, otras veces parecen querer salirse de la pantalla, siempre ardientes, como el fuego, donde introducía sus ideas de unir la imagen y lo táctil, además de contar con una banda sonora propia que exploraba lo más avanzado en técnicas de sonido electroacústico.

José Val del Omar

Val del Omar se pasmó ante el Museo de Escultura Religiosa de Valladolid. El sinfín con que concluye, entrega antes una reflexión sobre la muerte, y el amor capaz de dejar atrás esa palabra. Fue el primero de varios éxitos en otros festivales a lo largo de todo el mundo. Trabajó entonces en otras ideas que dejó inacabadas, que debían completar su Tríptico Elemental de España y, además, aprovechó para mirar hacia algo novedoso en lo que él veía el verdadero futuro: la televisión. No andaba por mal camino, pues era una tecnología en la que depositó grandes esperanzas, sobre todo para difundir conocimientos, pero como no puede abarcarse todo, tuvo que dejar a medio camino otros proyectos cinematográficos.


Fuego en Castilla - José Val del Omar por EoqueE


Ficha técnica
Año: 1960.
Dirección, guión, fotografía, efectos, dirección de arte, montaje y voz final: José Val del Omar. Iluminación: Táctil-Visión, sistema patentado por José Val del Omar en 1955. Sistema sonoro: Sonido diafónico, patentado por José Val del Omar en 1944. Composición sonora: José Val del Omar, incluyendo fragmentos de obras españolas del Renacimiento, Igor Stravinsky, mambo jazz y ritmos de la ''siguiriya castellana'' interpretados por Vicente Escudero. Esculturas: Santa Ana de Juan de Juni, San Sebastián de Alonso Berruguete, otros santos e imágenes del Museo Nacional de Esculturas de Valladolid. Producción: Hermic Films.
1958-1960 - 35mm, BN y color, Dolby SR, 17 min.

20/11/11

El primer vuelo de una aeronave sobre Valladolid


El 16 de septiembre de 1911 con motivo de las Ferias y Fiestas de Valladolid se celebró con éxito un importante raid aéreo entre Salamanca y Valladolid, que un terrible temporal desencadenado en Salamanca privó de comenzar el día 15 como estaba anunciado.
Afortunadamente el siguiente día amaneció espléndido y desde primeras horas de la mañana un gentío inmenso comenzó a invadir el campo de aviación salmantino y sus alrededores.
Después de los preliminares propios del caso y revisados los aparatos por los aviadores, a las 7 en punto, el Jurado dio la orden de partida al primero de los inscritos. Loygorry, que era el que ocupaba dicho lugar, después de varios intentos no pudo remontarse por dificultades del aparato.
A las 7:05, salió Lacombe, el cual emprendió magnífico vuelo elevándose a gran altura y siguiendo la ruta hacia Valladolid, siendo despedido con grandes aplausos y aclamaciones.

Leonce Garnier

Cinco minutos después, partió Garnier, elevándose con maestría y tomando la misma dirección que Lacombe; también fue grandemente ovacionado.
A las siete y cuarto se dio la salida a Poumet, el cual después de pasar la línea del campo regresó al mismo, por mal funcionamiento del aparato.
Lacombe fue el primero en llegar a Valladolid donde descendió felizmente a las 8:2O habiendo empleado 1 h. 15 m. en el viaje, que hizo en un solo vuelo, convirtiéndose así en el primer piloto en sobrevolar la ciudad de Valladolid. En cambio Garnier fue menos afortunado pues a causa, según dijo, de la niebla se extravió, viéndose obligado a aterrizar en Valdestillas para orientarse. Allí, ayudado por los campesinos se remontó de nuevo llegando a Valladolid a las 9:05 o sea a la hora y 55 minutos de su partida de Salamanca. Ambos aviadores fueron ovacionados por el numeroso público que había acudido a presenciar su llegada.
Por la tarde, a las cinco, se celebró un concurso que fue presenciado por mayor concurrencia que la de por la mañana. Lacombe se elevó, pero tuvo que aterrizar a dos kilómetros del campo de aviación, produciéndose averías en el aparato y resultando él, levemente herido. La fortuna fue esta vez más propicia a Garnier, el cual realizó tres hermosos vuelos de unos 10 minutos, causando un entusiasmo
indescriptible.
El día 17 se produjo por parte de los aviadores el viaje de regreso a Salamanca.

Pierre Lacombe (a la izquierda)

Algunos de los participantes
Don Benito F. Loygorri y Pimentel, era de Valladolid, poseía el título de piloto aviador número 1 de los expedidos por el Real Aero-Club de España. Hizo sus ascensiones en un biplano H. Farman, motor Gnome, de cincuenta caballos.
El señor Garnier, afamado piloto francés que en Galicia realizó notables ascensiones pilotaba un Bleriot, monoplano 81 motor Ansani, tipo Canal de la Mancha.
El señor Lacombe, también piloto francés, realizó muchos y notables vuelos en el raid Coruña, Santiago, Pontevedra, Villagarcía Coruña, con notable éxito. Pilotaba un magnífico monoplano Duperdussin, capaz de alcanzar los 130 kilómetros por hora.

Primeros vuelos en España

18/11/11

Benito Loygorri: un vallisoletano pionero de la aviación española


Fue el primer español en obtener la licencia de piloto


Por José Delfín Val
El que podéis ver en la fotografía, vestido con los atalajes propios de un aviador de principios del siglo pasado, es Benito Loygorri Pimentel, sportman vallisoletano.
Su madre, Carmen Pimentel, perteneciente a una familia de abolengo pinciano, se casó con un Loygorri de los Loygorri vascongados de toda la vida. La fotografía se la hizo en el estudio 'La Luz' de la calle Hostieros número 2 el artista Marcelino Muñoz, quien fue, en una segunda etapa profesional, el primer fotógrafo minutero de El Campo Grande.
En realidad, aunque decimos que era un sportman vallisoletano, su nacimiento en Biarritz (Francia) el 4 de septiembre de 1885 debió ser casual. Es probable que el feliz acontecimiento se produjera en una de las habituales salidas a la vecina localidad francesa de los españoles con mayor poder adquisitivo, donde solían pasar la temporada estival.
Allí nació Benito y allí desarrolló después su actividad profesional: primero estudiando ingeniería y después aeronáutica en la Escuela de Aviación de Mourleon. Allí obtuvo el 30 de agosto de 1910, a los 25 años, el título de aviador junto al infante Alfonso de Orleáns. Ellos fueron los dos primeros aviadores españoles en obtener dicha titulación en un avión Henry Farman, motor Gnomo 50cv, tras efectuar numerosas ascensiones en globo.
Benito Loygorri Pimentel tuvo grandes triunfos en exhibiciones de aviación en Francia. Y en España, concretamente en San Sebastián, intervino con los también aviadores Tabuteau y Morane en una exhibición de vuelo sobre el mar que fue un portento de belleza y emoción para los espectadores.
Animado por los éxitos y confiado en que un avión vence la ley de la gravedad frecuentemente, Benito llevó, el día 1 de octubre de 1910, a su novia (una señorita donostiarra de buena familia) en el avión para una exhibición. Pero el avión no estaba de humor aquel día y cayó al agua por parada de motor cerca de la playa de Ondarreta, llevando la peor parte el aparato.


Algo parecido le ocurrió (sin la novia) en el raid aéreo que en septiembre de 1911 organizaron los comerciantes y Ayuntamientos de Salamanca y Valladolid (del cual hablaremos en el próximo artículo). La prueba consistía en recorrer en vuelo la distancia entre Salamanca y Valladolid; y el día siguiente la vuelta. Pero el piloto vallisoletano Benito Loygorri, cuando ya había despegado del improvisado aeródromo de El Prado de Panaderos en la ciudad charra y enfilaba el camino de Valladolid, se dio media vuelta porque el motor empezaba a ratear y a perder potencia. Aquellos pintorescos cacharros llevaban un motor de 50 caballos de potencia, volaban a una altura no superior a los 900 metros y a una velocidad de crucero de unos 60 kilómetros por hora.


En su vida profesional, después de haberse casado con Encarnación Salazar y Roges en La Habana, trabajó durante más de 20 años en la General Motors, la famosa empresa automovilista americana que atraviesa por una grave crisis financiera. El triunfo en la General Motors de nuestro paisano no guardaba relación con su condición de aviador de los tiempos heroicos, sino con su habilidad para vender un coche en tres idiomas. Benito murió a los 90 años el 1 de febrero de 1976. Al estar considerado un pionero de la aviación deportiva española Correos le dedicó un sello conmemorativo.


Benito, el aviador, tuvo un hermano, José, dibujante e ilustrador de las revistas Blanco y Negro y La Esfera, representativo del Art Déco en los años 20/30, picante ilustrador de novelas eróticas en el primer tercio del XX y fotógrafo publicitario en los años 50.


Nada es de extrañar que su obra artística haya llamado la atención del catedrático y académico de Bellas Artes de Valladolid, José Carlos Brasas Egido, quien ha escrito una documentada monografía dedicada a este artista vallisoletano (este sí, de pura cepa) que tuvo una vida apasionante.

Como apunto personal añadiré que este ilustre personaje bien se merecía tener una calle en la capital vallisoletana.

16/11/11

Fabio Nelli

Busto de Fabio Nelli sito en el Museo de Valladolid

Por Teodoro Carabba (Antropólogo)
Quien más quien menos, todos los vallisoletanos han oído alguna vez el nombre de Fabio Nelly. Su palacio da denominación a una céntrica plaza, a medio camino entre el monasterio de San Benito y el convento de San Pablo, junto al Coso Viejo y la iglesia de San Miguel.
Era don Fabio un ilustre y acaudalado banquero, de familia sienesa pero nacido en una casa de la Plaza Mayor de Valladolid hacia 1533. Sus padres prestaron sus generosos servicios financieros al emperador Carlos V, lo que les valió la obtención de un escudo familiar. Él siguió la estela de sus progenitores y se enriqueció abundantemente a lo largo de su vida gracias a sus numerosos negocios, entre los que destacaban los préstamos a los nobles. Tras una larga vida, murió hace 400 años, el 15 de octubre de 1611. Sus restos reposaron en la capilla de San Agustín, ahora Archivo Municipal.
De su vinculación con la ciudad ha quedado el palacio que mandó erigir entre 1576 y 1605, reconocido por Daniel Villalobos como el mejor ejemplo de la arquitectura civil clasicista en Valladolid. La historia de este edificio es larga y llena de detalles, comenzando por las sucesivas modificaciones realizadas sobre el proyecto original durante su larga construcción.
El escudo que adorna el centro de la fachada no es el de Fabio Nelly, sino que fue colocado unos cien años después por su bisnieto Baltasar Francisco, marqués de la Vega de Boecillo. La descendencia directa del banquero se extinguió en 1734, lo que llevó a la Chancillería a integrar la propiedad del palacio en la Obra Pía que aquél dejó establecida para el caso de que no tuviese herederos.

Palacio de Fabio Nelli (Museo de Valladolid)

El edificio sirvió durante varias décadas como residencia de los obispos locales. Fue entonces cuando, el 2 de enero de 1735, en el oratorio del palacio el obispo Julián Domínguez ordenó presbítero al futuro beato padre Hoyos. Mediante alquiler fue residencia de los marqueses de Vargas y, ya a principios del siglo XIX, también del oidor de la Chancillería. Con la invasión francesa sirvió como almacén de las tropas, lo que dejó el edificio muy deteriorado. Una de las desamortizaciones hizo que la propiedad pasara al Estado y en 1859 fue adquirida por Felipe Tablares.
En manos de su familia se mantuvo hasta que en 1942 doña María San Tablares vendió el palacio al Ministerio de Educación Nacional, que pretendía convertirlo en Instituto femenino de enseñanza secundaria.
Los planes no se llevaron a cabo y en 1954 se decide que acoja el Museo provincial. Su inauguración tuvo lugar el 7 de diciembre de 1968 y desde entonces ha mantenido este uso cultural.
En sus salas pueden ahora encontrarse interesantes testimonios del pasado de la provincia, aunque de los ornatos que poseyó Fabio Nelly sólo quedan parte de los zócalos de azulejería con temas paisajísticos, animales y mitológicos.
El tiempo y los herederos se llevaron sus tapicerías, los paños de devoción, numerosas pinturas, sus libros, varias arcas de taracea y marfil, una escribanía y un par de relojes. Tampoco sabemos qué fue de Florencia, Juana y María, sus tres esclavas negras, que se ocuparían en el servicio de la casa.
No hay constancia de si el espíritu del banquero sigue deambulando por las salas del palacio. Lo cierto es que quien quiera conocer cómo fue este personaje, puede buscar sus probable retrato dispuesto inadvertidamente en una esquina de las salas del museo. Se trata de una escultura de piedra caliza que fue encontrada durante la rehabilitación del palacio entre los escombros en la base de una de sus torres.
En la fachada del museo se puede leer el lema Soli Deo Honor&Gloria, que con el que el banquero sin duda proclamaba su valía y su esforzado enriquecimiento, que parece deber sólo a Dios. Justo igual que los banqueros de ahora.

Fuente: El Mundo. Diario de Valladolid (15-11-2011)

15/11/11

Diario Pinciano. El primer periódico de Valladolid

Primera página del primer número del Diario Pinciano

Publicado en 1787, fue el primer periódico de Valladolid que, aunque se titula diario, tuvo una periodicidad semanal (salía los miércoles) y editó durante año y medio de existencia un total de 46 números. Se subtitula histórico, literario, legal, político y económico. Fundado y redactado con una gran calidad literaria por un todavía joven religioso y doctor en telología José Mariano Beristáin y Souza, un erudito, bibliógrafo y fiel testigo de su tiempo, patrocinador de la cultura ilustrada y promotor del desarrollo económico. Publica los sucesos diarios y noticias particulares de la ciudad del Pisuerga y su provincia, así como noticias sociales, culturales y jurídicas de la Real Chancillería, de la universidad y demás sociedades y academias vallisoletanas. Destacan los artículos de historia local y de economía y los de crítica literaria y teatral, por la que su autor sufrió un proceso inquisitorial. De entre 8 y 12 páginas y paginación continuada y estampado en la imprenta de la viuda e hijos de Santander, su reproducción facsímil fue publicada en 1933 por la Academia de Bellas Artes de Valladolid, y de nuevo en 1978, con un estudio preliminar de Celso Almuiña Fernández.

13/11/11

¿Fue riosecana la Virgen de las Angustias?



















Por Angel Gallego Rubio (http://www.lavozderioseco.com/)
La leyenda relata que los cofrades riosecanos del siglo XVI rechazaron la imagen que había tallado Juan de Juni por encontrar su pie desproporcionado.

Es archiconocida la tradición que, boca a boca, se ha transmitido de generación en generación sobre el destino original de la Imagen de Ntra. Sra. de las Angustias que venera su homónima cofradía vallisoletana en la Iglesia Penitencial de la calle a la que da nombre.
Dicha tradición afirmaba que la talla de Juan de Juni había sido rechazada por quienes se la habían encargado mientras el genial imaginero trabajaba en el taller que tenía establecido aproximadamente en la Plaza del Matadero (hoy llamada de la Solidaridad) de Medina de Rioseco: la antigua cofradía de la Vera Cruz de Rioseco. El motivo argumentado para la devolución era que aquellos cofrades riosecanos entendían que el pie que sobresale por debajo del manto de la Virgen era defectuoso por excesivamente grande, por ello recibió el apodo de Zapatuda o Zapatona. Continuaba relatando la leyenda cómo, al darse cuenta del monumental error cometido, desde Rioseco intentaron pleitear para que les fuera devuelta cuando ya había sido entregada a la Cofradía vallisoletana, de la que Juni era miembro. Este, para evitar conflictos, habría tallado una copia que es la que bajo la advocación de La Dolorosa cierra la procesión del Mandato en la noche del Jueves Santo riosecano.
A finales del siglo XIX La Voz Católica de Valladolid, periódico religioso que se publicó en la capital de nuestra provincia, y la Cronica de Campos, que se editaba en Rioseco, recogieron la leyenda en sendos artículos popularizándola sobremanera. Por esa misma época Juan Ortega y Rubio cambiaba el primitivo destino, que fijaba en Tudela de Duero en vez de Rioseco y, años antes, Matías Sangrador otorgaba a la parroquia de Boecillo el dudoso “honor” de haber rechazado la talla.
Ya bien entrado el siglo XX, el historiador Juan Agapito y Revilla hizo frente a la leyenda tradicional con un artículo publicado en la revista de la Semana Santa de Medina de Rioseco del año 1926. En él, titulado La Dolorosa de Rioseco, modelo de la Virgen de los Cuchillos de Valladolid, afirmaba que el testamento otorgado por el escultor francés en Salamanca en 1540, hablaba ya de una Quinta Angustia tallada en Rioseco y pagada por el obispo de Mondoñedo, fray Antonio de Guevara, franciscano que la habría cedido a la cofradía de la Vera Cruz que radicaba en el riosecano convento de San Francisco.

Iglesia de las Angustias de Valladolid

Con esta base Agapito y Revilla consideraba que la Dolorosa podía haber servido como el boceto al que volvió los ojos Juni cuando, cerca de 30 años mas tarde (la Virgen de las Angustias se documenta en torno a 1570), quiso realizar para su Cofradía la que está considerada su obra maestra. “En la Dolorosa de Rioseco, la mujer madre que llora y gime, en la Virgen de los Cuchillos de Valladolid, la madre que retuerce su dolor e imponente clama a los cielos”.
Los estudios posteriores, con las dificultades que para el análisis de la talla causó una poco afortunada restauración, alejan la autoría de Juni de la imagen riosecana. Así Esteban García Chico llegó a atribuirla a Alonso de Rozas y más tarde, ya en la segunda mitad del siglo XX, Juan José Martín González relacionó su autoría con Tomás de Sierra, atribución que fue considerada en Rioseco como insultante pidiendo incluso al catedrático de Historia del Arte “que se retractase de las ofensas inferidas”. Modernamente la talla de la Dolorosa parece ser que se acepta por los expertos como “una relectura barroca y sensible del original juniano”.
No es esta la única leyenda. Otra tradición narra cómo Juan de Juni encontró el motivo de inspiración para esculpir la Virgen –que hasta entonces se representaba como la Piedad con Cristo en el regazo- al contemplar la agonía de su propia hija María, fallecida en 1572. Fue capaz el imaginero de plasmar en la madera el supremo gesto de dolor del rostro y el retorcimiento del cuerpo de la moribunda para crear la sublime Soledad derribada y rota de pena al pie de la Cruz en la que Su Hijo había sufrido el martirio.

Independientemente de la antigüedad, las atribuciones de su autoría o las leyendas de sus orígenes, lo verdaderamente importante es la devoción que tanto La Dolorosa riosecana como la Virgen de las Angustias de Valladolid despiertan entre sus fieles. Y cómo estos, da igual que sea en el riosecano corro de Santiago o en la antigua plazuela del Almirante vallisoletana, al entonar idéntica Salve a una u otra imagen piden a una misma Madre y Señora que, cuando concluya nuestro destierro en este valle de lágrimas, vuelva a nosotros Sus Ojos Misericordiosos.

12/11/11

La voladura del Puente Mayor

Fotomontaje de Juan Carlos Urueña Paredes

Por Juan Carlos Urueña Paredes
Se trata de una de las voladuras que sufrió el Puente Mayor durante la guerra de la Independencia. Los franceses huyen acosados por las tropas de Wellington.
El testimonio más conciso de las voladuras, nos lo dejo escrito don Hilarión Sancho en su Diario de 1812: Mes de julio “Dia 29, hubo una gran conmoción entre los franceses para evacuar esta ciudad, lo que ejecutaron por la tarde, y lo mismo los afrancesados; los últimos que quedaron volaron el primer ojo nuevo del puente mayor, aunque no del todo”… “ El 7 de septiembre volvieron a escapar los franceses por el camino de Cigales, habiendo volado lo que quedaba del ojo del puente”.
Localizar el ojo que fue volado en primer lugar resulta difícil. La única pista que da es cuando lo califica como “nuevo”. La reparación más importante que sufrió el puente inmediatamente anterior a la crónica, fue la efectuada en 1796 que subsano los daños de un arco que “con las avenidas del agua ha sufrido una quiebra de mucha consideración”. El arco fue reconstruido y puede ser al que se refiere don Hilarión, pero desgraciadamente la noticia tampoco dice que arco fue.
Sigue don Hilarión: “El 29 de dicho octubre se retiraron nuestras tropas poniéndose a salvo volando el puente de Cabezón, el de Simancas y el segundo ojo del Puente Mayor de nuestra ciudad”. Cuando dice “el segundo ojo”, debe referirse a que fue el siguiente en ser volado, no al espacio que ocupaba. Aquí nos planteamos si los ojos volados fueron contiguos, y parece ser lo lógico si lo que se buscaba era aumentar el estropicio.
Ante la falta de datos, recurrimos al examen visual. Efectivamente, los arcos cuarto y quinto contando desde el lado de la playa son modernos, de medio punto y no apuntados como los medievales. Y aunque hay más arcos reformados, estos parecen haber sido hechos en una misma actuación. ¿Serian los reconstruidos por el cantero Yrure catorce años después? Suponemos que si, y hemos hecho la recreación siguiendo esta hipótesis. Como dije, nos basamos también en la fotografía tomada escasas décadas después de producirse este episodio.
No falta tanto para celebrar el bicentenario de la liberación de Valladolid, y sería precioso si el Ayuntamiento recreara en vivo este suceso histórico, asunto fácil si se cuenta con la ayuda de las asociaciones que reviven cada año la batalla del Moclín en Rioseco.
http://www.medinaderioseco.com/actualidad/index.shtml?idboletin=335&idseccion=8922

9/11/11

El Cid irlandés descansa en Valladolid

Red Hugh O'Donnell-Escultura de Maurice Harron 2007-Castillo de Donegal (Irlanda)

Por Victor Vela (El Norte de Castilla)
Vale, salvemos las distancias, pero es como El Cid Campeador. O sea, un héroe. O sea, una figura histórica que ha pasado a los libros por su valentía y por la defensa de su tierra. Es el Cid irlandés. Y yace aquí. En Pucela. Desde hace casi 410 años. Murió en Simancas en 1602. Fue enterrado en el antiguo convento de San Francisco (hoy Plaza Mayor) y ahora, una placa lo recuerda. Valladolid descubre así a Red Hugh O'Donnell (1572-1602), una figura venerada por miles de irlandeses y que los escolares de aquel país estudian como la persona que encabezó la rebelión irlandesa contra el Gobierno inglés isabelino, unas revueltas que desembocarían (de 1595 a 1603) en la Guerra de los Nueve Años.

Callejón de San Francisco

Foto: ABC.ES (ICAL)

Empezamos una pequeña lección de historia. Ahí va. La reina Isabel I quiere ampliar su poder hacia el norte de la isla y propagar además el protestantismo por Irlanda. Sin embargo, allí se encuentra con la oposición de uno de los jefes gaélicos, Hugh O'Neill, quien quiere preservar su territorio y religión. No duda en entablar una lucha. Para dotarse de armas y apoyo internacional, tanto Hugh O'Neill como Red Hugh O'Donnell (rey de uno de los condados del norte de la isla, su padre abdica en 1587), se dirigen a Felipe II y solicitan su ayuda contra los enemigos comunes (ingleses y protestantes). La consiguen. La corona española envía a 4.000 soldados, que desembarcan en la bahía de Kinsale (muy cerca de la ciudad de Cork).



Aunque sin mucho éxito. En enero de 1602, las tropas irlandesas y españolas son derrotadas. Nuestro hombre, Red Hugh O'Donnell, tiene que huir y se refugia en España. Primero en La Coruña, pero muy pronto se decide a emprender viaje hasta Castilla para reunirse en Valladolid (capital de la Corte) con el nuevo rey Felipe III y convencerle para que apoyara una nueva revuelta. El monarca quizá le da buenas palabras. Y O'Donnell regresa satisfecho a La Coruña.


Pero meses después, y sin noticias del rey, emprende un nuevo viaje desde Galicia a Valladolid. Sin embargo, en su camino, O'Donnell cae enfermo (hay leyendas que dicen que intervino un espía inglés) y fallece el 10 de septiembre de 1602 en el castillo de Simancas (el Archivo). Sus restos fueron depositados en el convento de San Francisco, pero al desaparecer el inmueble, nada más se sabe sobre la tumba. El Ayuntamiento colocó una placa en el callejón de San Francisco donde recuerda (en un texto escrito en español, inglés y gaélico) a un héroe irlandés que encontró la muerte en Valladolid.



7/11/11

El reloj de la Universidad de Valladolid

Torre de la Universidad a principios del siglo XX

Hubo un reloj anterior encargado por la Universidad de Valladolid a Juan de Pedregal en 1579. Las autoridades académicas vallisoletanas pusieron como condición que diera las medias horas con sones semejantes a los del reloj de la Universidad de Salamanca, apareciendo tres carnerillos igual que el reloj de Medina del Campo y con una calidad semejante a la del reloj que se había fabricado para el Colegio de los Jesuitas de Valladolid. El reloj de la universidad salmantina había sido construido en 1503 por fray Francisco de Salamanca, causando admiración sus toques de horas y del de la Colegiata de San Antolín de Medina del Campo aún se conservan sus autómatas, lo que justificaba estas referencias.
El reloj de la Universidad de Valladolid siguió funcionando con ciertas mejoras y, al menos desde 1768, se habían incorporado al mismo una serie de leones articulados de madera que movían sus cabezas, además de varias campanillas y estrellas metálicas, quizás sustituyendo a los carnerillos del siglo XVI.

Maquinaria del primer reloj fabricado en 1579 (*)

A parte de las cercanas referencias citadas, el antiguo reloj vallisoletano respondía a un modelo común en el siglo XVI, que destacaba en iglesias y ayuntamientos. Su precisión no era muy alta –el ejemplo más perfecto era el reloj astronómico de Juanelo Turriano, que apreciaba como máximo 5 minutos- pero los toques de las horas y las medias eran suficientes para regular la vida de esa época. Más llamativos eran los autómatas que acompañaban al sonido de las horas en algunos relojes. Pero la mejora de la relojería a partir del siglo XVIII, dejaría atrás los viejos mecanismos, que se fueron sustituyendo por otros más precisos, aunque conservando en algunos casos los autómatas y las campanas. Algo así ocurrió con el reloj de la Universidad de Valladolid.
Según ha publicado María José Redondo, el reloj de la Universidad había dejado de utilizarse antes de 1841, año en el que se derrumbó la torre de la Catedral de Valladolid, próxima a la Universidad, en la cual había un reloj cuyas campanas servían de aviso para la concesión de grados académicos y en diversos actos solemnes universitarios. Para cumplir este servicio, se decidió reparar el antiguo reloj de la Universidad y acondicionar sus campanas en una torre que se edificó en un lugar próximo al Corral de las Doncellas. Desde la cubierta de la capilla se accedía a la caja del reloj y las pesas de éste colgaban por debajo.
A principios de 1857 las autoridades de la Universidad de Valladolid decidieron comprar “un buen reloj”, porque el antiguo ya no funcionaba bien. El torreón en que se había levantado estaba ocupado por el observatorio astronómico, instalado poco antes, por lo que se encargó una nueva torre de reloj al arquitecto Antonio Iturralde. En los inicios de 1858 se decidió emplazar la nueva torre en el centro de lo que era entonces el edificio de la Universidad. El reloj tenía dos esferas, en dos caras de la misma, lo que permitiría ver la hora desde los dos patios de la Universidad.
A lo largo de 1858 se construyó la torre y al inicio de las obras se contrató la compra de un nuevo reloj a Ignacio Neugart, relojero de Valladolid. A juzgar por el tipo de maquinaria, y la marca “Moret” que figura en una de las piezas, Neugart importó el mecanismo de la zona franco-suiza, según el profesor Ramiro Merino de la Fuente, experto en este tipo de maquinaria. El reloj costó 10.500 reales, aparte de las pesas y el martillo fabricados por el taller de construcción de máquinas de la Trinidad San Nicolás de Valladolid, cuyo precio se fijó en 406 reales. El martillo para golpear la campana de horas era de hierro dulce y pesaba 23 kg, y la maquinaria marchaba con tres pesas de 11 kg, 6kg y 4 kg, respectivamente. Además se aprovechó para comprar un reloj de pared para la sala de profesores que costó 170 reales.

Maquinaria del actual reloj instalada en 1859

En octubre de 1859 se instalaron una serie de piezas complementarias por los talleres de Agapito Zarraoa y Cía., para conectar el movimiento del reloj al de las campanas de horas y cuartos, que se iban a montar en un templete de hierro situado en el remate de la torre, al objeto de hacer más audibles los toques. Esta operación costó 14.000 reales, de los que 10.519 se destinaban al material del templete y los mecanismos anexos y el resto fue para la dirección de esta obra por el arquitecto Antonio Iturralde. El material consistía en los ganchos para el badajo de la campana, cojinetes, el templete de hierro que pesaba 219 kg., aparatos para la colocación de mazos, piezas para los cuadrantes, armaduras de hierro, poleas, tres cadenas para conectar con las campanas, cuerdas, badajos, frenos, contrapesos de plomo para equilibrar las campanas, y otras piezas menudas. De esta forma, el mecanismo del reloj, situado abajo, hacía sonar las campanas de las horas y las dos de los cuartos colocadas en el interior del templete de remate de la torre, a través de un mecanismo de poleas y cadenas. Se encargó a un bedel el mantenimiento del reloj por 25 reales mensuales.
Después del derribo del edificio de la Universidad y de la construcción de uno nuevo, según el proyecto de Teodosio Torres, el reloj con la esfera al exterior, se colocó en el cuerpo alto de la torre cilíndrica que hacía esquina de la calle de la Librería con la Plaza de la Universidad, en cuyo remate iba el templete con la campana de las horas, en dicho lugar estuvo hasta 1970 pero tras fallar, fue desmontado y llevado a un almacén de la UVA. Unas reformas en el edificio histórico donde se hospedaba, le apartaron al cobijo de un tejado, del que sólo salió en 1996 para lucir en el Palacio de Pimentel como reliquia, con motivo del cuarto centenario del nacimiento de la ciudad. Las campanas más pequeñas de los cuartos podrían quizás estar en el palacio de Santa Cruz, una de ellas colocada en la fachada exterior y la otra sirvió de esquilón para el servicio de refectorio. (Por Nicolás García Tapia)

Por fín la reparación
Un profesor de Ingeniería de Sistemas y Automática recuperará el reloj histórico de la Universidad de Valladolid con un «innovador» sistema que pretende convertir esta reliquia del siglo XIX en una máquina de absoluta precisión, sincronizada por las señales horarias transmitidas por la red de satélites GPS. Las instalaciones de Cartif en el Parque Tecnológico de Boecillo albergarán durante los próximos 2 años los trabajos de reparación del reloj. Tras el análisis preliminar, todo parece indicar que a la maquinaria le faltan 2 piezas: un piñón de montado de pesas y una corona dentada de transmisión de movimiento de sombrería, que habrá que reconstruir. Posteriormente, y si no surgen otros imprevistos, se realizará un proceso de decapado químico para limpiar y tratar las superficies con el fin de protegerlo de la oxidación. Aunque aún no se ha decidido cuál será su nueva morada, la institución académica cree que el museo del Palacio de Santa Cruz será un buen sitio para que el público pueda contemplarlo, según confirmó José Manuel López, vicerrector de Investigación y Política Científica.

-Fuentes consultadas:
castillayleoneconomia.es
nortecastilla.es
*Valladolid, la muy noble villa. ISBN: 84-7009-495-5


4/11/11

El Primer Ascensor de Valladolid

Este es el primitivo ascensor, que una vez desmontado, fue trasladado a Salamanca,
donde se conserva en un almacen.

La casa Mantilla es un edificio de viviendas, situado en Valladolid, en la acera de Recoletos, construido a finales del siglo XIX, paradigma de la arquitectura burguesa en esta ciudad. Entre las novedades que aportaba esta vivienda, estaban su estructura metálica (oculta), la iluminación eléctrica, y el hecho de que en ella se instaló el primer ascensor de la ciudad.

Los depósitos de agua se conservan en la parte superior del edificio.

En aquella época no existían empresas dedicadas exclusivamente al montaje de ascensores. Cada una de las distintas partes del mismo era montada por el especialista de turno, dígase, carpintero, forjador, etc..
La cabina y las guías de este ascensor eran de madera. Su funcionamiento era por un sistema hidráulico (en este caso por agua, no por aceite), siendo silencioso y banstante seguro. Dichos depósitos de agua se conservan en la parte superior del edificio (se pueden ver desde el rellano del ático).














Diversas partes del primitivo ascensor

Tras muchos años sin funcionar, en el año 2000 la empresa local INMEL S.L (hoy fusionada con KONE ELEVADORES S.A) instaló un nuevo ascensor para 6 personas totalmente panorámico que quedó perfectamente integrado en el edificio.













Gran parte de la primitiva instalación fue respetada al instalar el nuevo ascensor

Para la instalación de este nuevo ascensor se respetó en todo momento el entorno existente, como las escaleras con sus petos, enrejados y las U invertidas en las que se apoyan las guías. La estructura metálica para el nuevo ascensor se realizó en el hueco de la escalera (antiguo ascensor).
El primitivo ascensor, una vez desmontado, fue trasladado a Salamanca, donde se conserva en un almacen propiedad de KONE S.A. No cabe duda de que se trata de una valiosa reliquia de la historia de nuestra ciudad.

Nuevo ascensor instalado en el año 2000

-Agradezco a KONE ELEVADORES S.A. la información y las fotografías aportadas
 
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