15/5/12

La película de Valladolid que se rodó para la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929


Por Andrés Muñoz García
Cuando el 13 de marzo de 1929 la Diputación Provincial de Valladolid se planteaba filmar una película que diera a conocer lo más bello, más típico y más interesante de la provincia, para ser proyectada en las exposiciones Iberoamericana de Sevilla y Universal de Barcelona de aquel mismo año, establecía un punto de partida poco frecuente para el cine de entonces a la hora de hacer una película.
Normalmente las motivaciones siempre eran económicas, y los promotores de películas esperaban desde luego recuperar con creces el dinero invertido, que a fin de cuentas el cinematográfico era un negocio como otro cualquiera.
En este caso sin embargo el carácter institucional del promotor convierte la rentabilidad económica en rentabilidad institucional y la producción de la película pasa de una empresa económica a ser el mero cumplimiento de un encargo.

La película que la Diputación de Valladolid encargó en aquel momento es precisamente el encuentro entre esta doble tensión de fuerzas: el impulso institucional de hacer una película que reflejase la provincia, impulso no exento de una cierta ingenuidad local, y la capacidad técnica y estética del cine de la época de dar adecuada respuesta a este reto.
En realidad el reto era arriesgado y de envergadura. Dar la imagen de toda una provincia, que cumpliera además con las lógicas servidumbres institucionales, suponía decidir qué elementos debían salir en la película y qué otros deberían omitirse.
El resultado patentiza un cierto tono épico, del que no escapan ni los intertítulos (“Valladolid abraza a Barcelona en el regazo maternal de España” reza el primero de ellos), ni la misma secuencia inicial: la narración de la empresa americana a través de la exploración fílmica del monumento a Colón que se encuentra en Valladolid; o el propio clima que flota en el largo travelling que da una amplia panorámica de la ciudad.
La narración de las excelencias de la ciudad y la provincia, aunque fueran con el declarado propósito de hacerlas atractivas a las visitas turísticas, son en realidad los principales condicionantes que acompañan el encargo de realizar la película. Encargo que forzosamente tenía que hacerse a una empresa que radicase en Madrid, la ciudad más próxima en la que por aquel entonces había empresas con la capacidad técnica suficiente como para llevar adelante el cometido. Las otras, o estaban demasiado lejos (Valencia) o sus productoras en franca decadencia (Barcelona).

La elección de motivos a sacar en la película se daba también muy elaborada: de los cuatro rollos de que consta, dos están casi por completo dedicados a la ciudad y otros dos a la provincia. Los centros de interés se reparten entre el patrimonio histórico artístico, las ferias agropecuarias, la singularidad de la Semana Santa y el protagonismo dado a los ejercicios militares, probable consecuencia del momento político, la dictadura del general Primo de Rivera, sin que falten algunos curiosos detalles, ya arcaicos para la época, como las tres salidas de misa que se registran a lo largo de su metraje.
La propia Diputación había designado las personas que por su erudición de lo local establecieran el guión y los intertítulos. Y para redondear este proceso de selección y configuración definitiva, se hizo un preestreno de la película en el teatro Zorrilla el día 4 de mayo de 1929, con un público selecto que creó un agitado debate sobre lo que faltaba o sobraba de la película, que tuvo amplio eco en la prensa local.
Los intertítulos ya parecieron retóricos a muchos e imperdonables ciertas ausencias que al final quedaron sin subsanar: la Semana Santa Vallisoletana, el Museo Nacional de Escultura, y el Archivo de Simancas entre otros.
La película se debió encargar a los laboratorios C. A. F. de Madrid, cuyo propietario era el fotógrafo Alberto Arroyo, que los había fundado en 1923 y se encontraban junto al cine Proyecciones, en la madrileña calle de Fuencarral. Un desgraciado incendio, tan corriente en este tipo de establecimientos, acaecido bastantes años después, nos ha privado de sus archivos y con ellos de un conocimiento más preciso de la película.
lberto Arroyo era uno de los principales directores de fotografía de la etapa de nuestro cine mudo, y lo siguió siendo después, durante los años treinta y cuarenta, hasta que la dedicación al laboratorio fue espaciando sus trabajos en el cine.

Durante la etapa muda intervino como director de fotografía en la versión cinematográfica de Los intereses creados (Jacinto Benavente, 1918), La verbena de la Paloma (José Buchs, 1921), y La aldea maldita (Florián Rey, 1929) entre otras muchas. Es de resaltar que esta última, La aldea maldita, que es la mejor película de todo nuestro cine mudo, se realiza en el mismo año que la que nos ocupa.
Arroyo se había formado como redactor gráfico en el periódico “Los sucesos”, en 1912. Desde 1916 comienza a hacer reportajes cinematográficos y poco después es ya operador de largometrajes. Junto a Enrique Blanco, otro de los grandes de la fotografía del cine mudo, protagonizó algunas hazañas cinematográficas, como el accidente aéreo de la aviadora Madame Briancourt, las inundaciones de Sevilla y muchas corridas de toros. En 1920 es contratado por la productora Atlántida Films.
Alberto Arroyo es un paradigma de lo que sucedía como un fenómeno corriente en el cine español de aquellos años. La actividad de los operadores como técnicos de laboratorio llega a tener una importancia decisiva en la producción cinematográfica, incluso por encima del director, siendo la mayoría de los laboratorios fundados y dirigidos por fotógrafos. Estos laboratorios no se ocupan sólo de procesar los negativos sino que también aceptan encargos como el que nos ocupa.
Valladolid en la Exposición iberoamericana de Sevilla, 1929 es la típica película realizada por un operador: una mezcla entre noticiarios filmados y documentales. En el primer caso una serie de secuencias, en las que prima el movimiento, como las escenas de las ferias de Medina del Campo o Tordesillas, en las que no faltan incluso guiños al costumbrismo folklórico, según el gusto de la época.
Otro importante apartado es el dedicado a lo que en la época se llamaban documentales, que no eran otra cosa que una serie de vistas fijas de los principales monumentos artísticos, posteriormente conocidos como documentales de postales.

En la película hay una gran abundancia de estos planos, muchos de ellos obtenidos de fotografías preexistentes que han podido identificarse como del fotógrafo vallisoletano Gilardi. En algunas se ha tratado de ocultar hábilmente esta ausencia de movimiento por medio de travellings de la cámara verticalmente a lo largo de la fotografía. De esta forma se han resuelto casi enteramente los reportajes dedicados a Nava del Rey, Olmedo, Villalón y buena parte de los de Tordesillas y Medina de Rioseco.
Mención aparte merecen otros fragmentos de la película con unidad propia. Uno de los más interesantes por su valor testimonial es la pequeña secuencia dedicada a la Semana Santa Riosecana. En breves planos-secuencia vemos, con toda la frescura del acontecimiento único, el desfile de los gremios con las autoridades, la procesión en la Rúa, y sobre todo la salida de los pasos conocidos popularmente como el “Longinos” y el “Descendimiento”, elevados a pulso por los cofrades, cuya vuelta en la pequeña plaza de Santa María parece querer compensar el movimiento que no tiene la cámara con que se han filmado, única e inmóvil.
También es sumamente interesante un pequeño documental agrícola, de sabor didáctico, probablemente filmado en tierras riosecanas, que se inserta al comienzo del rollo tercero. Va precedido del intertítulo “Castilla, granero de España”, y es una traslación al cine de bellas estampas de la pintura tradicional (las eras, la siega, rastrillando, aventando), en suaves tonos grises de una extraordinaria calidad fotográfica, y cuyos protagonistas parecen haber posado para las tomas con la ropa nueva de los domingos.
Otros dos documentales de diversa procedencia se insertan en esta película. Uno está compuesto por algunos planos de un partido de polo. Con un cierto tono frívolo se nos presentan los dos equipos que desarrollan a caballo este singular deporte en los terrenos de alguna sociedad hípica de la época. Poco antes un curioso intertítulo anunciaba “El polo, juego aristocrático, muy cultivado en Valladolid”.
El otro documental recoge las prácticas de fin de curso de los cadetes de la Academia de Caballería en la Escuela de Equitación Militar de Madrid ante S. M. el Rey Alfonso XIII. La película está rodada probablemente en 1927, y su presencia aquí tiene que ver con la importancia que se quiere dar a la Academia de Caballería, señera institución de la ciudad.



Se trata de una de las partes más impresionantes de la película por más que su inclusión tenga poca coherencia con el resto. La bajada de unos jinetes montados en caballos por dos empinadas cortaduras nos permite asistir a uno de los espectáculos más fuertemente cinematográficos, que nos recuerda al western. Las escenas muestran con toda su crudeza los descensos, el descabalgamiento de los jinetes, la caída atropellada de unos sobre otros. Incluso su operador se ha permitido la licencia de poetizar el episodio mostrando algunos momentos al ralentí.
La película debió filmarse en un tiempo muy reducido, quizás no más de dos meses. Eso explicaría el apresuramiento de algunas soluciones elegidas en el rodaje como el abuso de las fotos fijas, la utilización de una sola cámara para las tomas, la elección casi exclusivamente de exteriores, o algunos errores como la inserción del ábside de la iglesia de San Pablo de Peñafiel en el Partido judicial de Medina del Campo.
Los signos de puntuación casi se limitan a fundidos y ojo de gato (iris), automatismos de las cámaras de entonces, lo mismo que la división en rollos. Algunos otros efectos como el enmarque ovalado o el halo delatan la formación fotográfica del operador.
No obstante, la aparición de esta película, milagrosamente conservada, supone un motivo de satisfacción y no solo por su valor testimonial y documental de una época, sino por tratarse de una auténtica creación artística, un collage fílmico, forma de arte que constituye exclusiva aportación de nuestro siglo.


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4 comentarios:

OestePURPURA dijo...

Sería importante recordar a todos, dado que nadie parece quiere recalcarlo, el hecho de que Valladolid, tal y como siempre fue , en 1929 era un provincia más de Castilla, en concreto de la región de 'Castilla la Vieja'. Es más, que así consta en su Pabellón de Sevilla de 1929, como en el del Patronato de Turismo del Gobierno de España del mismo año.

Es necesario puntualizar esto, ya que mucha gente se cree que el ente autonómico de "Castilla y León" viene desde los romanos, cuando no es más que un invento de la UCD y el PSOE. Una decisión pactada el 31 de julio de 1981 a espaldas de los ciudadanos, y que contraviene no sólo la historia y la cultura, sino hasta la propia Constitución del 78.

Destructor dijo...

POr cierto, esa especie de "teleferico" que se ve en la película desde 00:45 hasta aproximadamente 1:00...alguien sabe que és?

Video Youtube dijo...

Hola, aquí ( http://www.youtube.com/watch?v=QTQgMAiNAeM ) hay un documental de la provincia de Valladolid del año 1988. Buenas imágenes aéreas.

Anónimo dijo...

Hola,
¿Podrías citar donde se encuentra esta película? ¿está en la Filmoteca Regional de CyL
Gracias?

 
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