18/10/12

Localizada la partida de bautismo de Manuel Canesi Acevedo ( 09/01/1681 )

Por Francisco Javier Meléndez Valero (Enero 2014) 
Email del autor: AQUAMEL2@YAHOO.ES
Se sabe que Manuel Canesi Acevedo, uno de los historiadores de Valladolid, falleció en abril de 1750, pero hasta ahora no se tenían noticias sobre su fecha de nacimiento.
Se sospechaba que podría haber nacido alrededor de 1680 pero no se había hallado  ningún documento que lo probase.


Fotografía de Héctor Zamora Carreras
El documento se encuentra en el Archivo General Diocesano de Valladolid
 A través de este blog, Vallisoletvm, tengo el placer de comunicar que en septiembre de 2011 localicé la partida de bautismo de Manuel Canesi.
Fue bautizado en la iglesia de San Julián y Santa Basilisa el nueve de enero de 1681 y por lo tanto sabemos ahora que murió a los 69 años de edad.

Firma de Manuel Canesi en el manuscrito de su Historia de Valladolid.
Biblioteca Foral de Bizkaia (Bilbao)

 Gracias a ese documento, hasta ahora inédito, hemos conocido que Canesi fue hijo natural de padres solteros. Sus padres contrajeron matrimonio cuatro años después de que Manuel hubiese nacido, y cuando la pareja ya había tenido sus tres primeros hijos.
 Cuando nació Canesi su madre era una mujer soltera de 25 años de edad mientras que su padre, con 41 años de edad, llevaba viudo dos años y medio y tenía dos hijos de su primer matrimonio.
 Ofrezco en este breve trabajo algunas de las informaciones que he ido recopilando sobre Manuel Canesi y su familia desde el año 2011 hasta ahora, febrero de 2014.

 Firma de Manuel Canesi en su testamento en 1750.
              Fotografía de Ángela Melero
             AHPV  (Archivo histórico provincial de Valladolid).

Algunos de esos datos eran hasta ahora desconocidos y los he obtenido de distintos documentos como partidas sacramentales, testamentos o pleitos de los siglos XVII y XVIII.
 Finalmente quiero referirme a un hecho curioso, relacionado con Canesi, sobre el que ofreceré más detalles en otra ocasión.
En 2011 pude comprobar que en algunos de los folios del manuscrito original de la Historia de Valladolid escrita por Manuel Canesi, fallecido en 1750, se hicieron varias anotaciones o añadidos que fueron escritos en años posteriores a 1750, en los que se daban informaciones sobre hechos ocurridos en distintos años entre 1752 y 1760.

Primera página del manuscrito de la Historia de Valladolid de Manuel Canesi.
Biblioteca Foral de Bizkaia (Bilbao)

 Cuando en 1996 se realizó la transcripción y la edición moderna del manuscrito parece que nadie se dió cuenta de la existencia de esos párrafos añadidos al texto original y fueron transcritos y publicados como si hubiesen sido escritos por el propio Canesi, a pesar de que se aprecia muy fácilmente que el tipo de letra es diferente y de que en ellos se citan años posteriores a 1750. Quienes se encargaron de la revisión histórica de esos párrafos parece que tampoco se dieron cuenta de ese detalle.

Descarga el texto completo haciendo click en la imagen inferior:


¿Por qué Fachadolid?



"Fachadolid" fue un término acuñado en los primeros años ochenta a partir de un artículo aparecido en la revista "Interviú". Un titular exitoso en los años (1979-1981) en los que Valladolid vivía una auténtica oleada de violencia que llevaba impreso el sello de la extrema derecha. Era el tiempo en que se atentaba contra el gobernador civil Román Ledesma y el cine Cervantes; se disparaban cuatro tiros en el bar "El largo Adios"; se agredía, extorsionaba y secuestraba al tiempo que se colocaban artefactos explosivos en la sede de distintos partidos políticos y sindicatos lo mismo que en el Ayuntamiento, la Universidad, "El Norte de Castilla" o las librerías Villalar e Isis. La llegada de Carlos Enrique Gómez como jefe superior de Policía supuso el principio del fin, careciendo de sentido desde entonces la utilización de esa peyorativa expresión.

El artículo
En las páginas 38 a 41 de aquel histórico número (al menos para la ciudad de Valladolid) y que he podido adquirir de segunda mano a través de la red, pudimos leer el polémico artículo


Hacer click sobre las imagenes para ampliarlas

Fuente: Por María Concepción Marcos del Olmo. (Una historia de Valladolid) ISBN: 84-95389-80

17/10/12

Torre de las Mercedes, el primer rascacielos de Valladolid





Levantado en el año 1964, se trata del primer "rascacielos" de Valladolid. Está enclavado en el Paseo de Zorrilla frente a la Plaza de Toros. El edificio, que fue levantado en pocos meses, está dedicado a viviendas privadas.


Fue creado como un edificio sin grandes pretensiones estéticas, donde primaba mas la funcionalidad, o sea cuantas mas viviendas mejor.


Al poco de su inauguración

El edificio en fase de construcción
Fue aquella una época de casi progreso en la que muchos trabajadores pudieron optar a comprarse una vivienda de cierto valor. 

El edificio al poco de su inauguración

Con una altura de 70 metros y 20 plantas ostentó el rango de edificio más alto de Castilla y León hasta ser desbancado pocos años después por el edificio Duque de Lerma con 88 metros de altura.
Está dividido en dos partes de diferentes alturas, siendo las más baja de 15 pisos.

Vista del Paseo de Zorrilla desde la planta más alta del edificio

16/10/12

La Casa de José Zorrilla


José Zorrilla nació el 21 de febrero de 1817 en la única casa que había por entonces en la calle Fray Luis de Granada (antes llamada calle de la Ceniza). Desde su nacimiento sus padres quisieron que se dedicara a las leyes y trataron de apartarle del arte de los versos.
En ella vivió Zorrilla durante los siete primeros años de su vida y, brevemente, a su vuelta a Valladolid en 1866 tras su regreso de México.




Tras su muerte, el Ayuntamiento de Valladolid decidió adquirir el inmueble para honrar la memoria del poeta, convirtiéndola en casa museo. La planta baja fue habilitada como biblioteca gracias a la labor de Narciso Alonso Cortés, importante estudioso de la obra de José Zorrilla. En 1895 se colocó en su fachada una lápida conmemorativa con un busto del poeta, obra del escultor Pastor Valsero con la inscripción:

Aquí nació el eminente poeta
D. José Zorrilla
Año de 1817
La casa es de aspecto y estructura sencilla, consta de dos plantas, sótano y jardín. En ella se conservan algunos muebles originales del poeta, como su escritorio, que fueron donados por su viuda. El amueblamiento de la casa pretende recoger el ambiente de la época en la que desarrolló su vida el poeta.
Entre las pinturas que decoran las paredes del piso principal figuran un gran cuadro titulado La llegada al campamento obra del granadino Ruiz de Valdivia, que representa una escena de guerra carlista; una Vista de Sevilla, atribuida al pintor Rafael Romero Barros; Don Quijote enfermo del vallisoletano Miguel Jadraque, realizado en 1905; un retrato del poeta pintado por Ángel Díaz Sánchez y otro lienzo en el que se muestra el aspecto exterior de la iglesia de La Antigua antes de restauración, pintado en 1876 por Santos Tordesillas.

Entre los recuerdos personales de Zorrilla destaca la mascarilla funeraria que obtuvo de su rostro el escultor Aurelio Rodríguez-Vicente Carretero y que fue utilizada para la realización del monumento al poeta que se encuentra en la Plaza de Zorrilla de Valladolid.

Cocina de la casa
En esta cama nació José Zorrilla

Visitando la Casa de José Zorrilla

La visita a la casa se realiza únicamente en visitas guiadas gratuitas de una duración aproximada de 15 minutos. Recorriendo todas las estancias de la casa aprenderéis más de la sociedad de mediados del siglo XIX y de la vida de José Zorrilla.

Escritorio original y silla en la que falleció Zorrilla
Máscara mortuoria de Zorrilla
Al visitar la casa podéis pedir que os pongan un vídeo introductorio a la vida del autor, es muy interesante y no se hace nada pesado.

Espectáculos y actividades

Durante todo el año se organizan diversas actividades en la Casa de José Zorrilla: representaciones teatrales, lecturas de sus obras o pequeños eventos.

Su jardín cobra especial protagonismo durante el mes de julio. En las noches más calurosas del año se representan obras teatrales acompañadas de un buen catering. El precio por asistir a estas sesiones es de tan sólo 10€.

Ver mapa más grande



El pozo del Monasterio de S. Joaquín y Santa Ana




El monasterio de San Joaquín y Santa Ana, no estuvo siempre en Valladolid, ni siempre se denomino con el mismo nombre.
El emplazamiento de origen o de fundación fue la localidad palentina de Perales. Fue la segunda fundación femenina en España de la orden del Cister, la primera fue  el monasterio de Nuestra Señora de la Caridad en Tulebras de Navarra.
Desde sus  inicios en 1260, transcurrió su devenir histórico en dicha villa, hasta que al correr nuevos aires en la iglesia y surgir el deseo de reforma, en el siglo dieciséis, se decidió su traslado a la ciudad de Valladolid, al mismo tiempo que surgía en el interior de la comunidad el deseo de abrazar la Recolección, una forma más austera de entender su hasta ahora consagración a Dios.

Las monjas de Perales deseosas  de este espíritu de reforma, más las que se las unieron de otros monasterios con los mismos ideales y  provenientes principalmente de Castilla, llegaron a esta ciudad el dieciocho de diciembre de 1595.
Antes el abad don Francisco de Reinoso había conseguido la aprobación de Felipe II, a este nuevo cambio de emplazamiento de la comunidad. A partir de ese momento dejo de denominarse de Nuestra Señora de la Consolación, para pasar a ser su nombre de San Joaquin y Santa Ana, y esto según dicen las crónicas por una revelación que tuvo una monja,  que el monasterio debía de denominarse  y tener por  titulares a los padres de la Santísima Virgen Maria es decir a San Joaquin y Santa Ana.

Para su acomodo, y después de buscar en la ciudad decidieron ocupar las casas que don Antonio de Salazar, regidor de la corte, les vendió. Unas casas entre la parroquia de San Lorenzo y el convento de los Trinitarios, a ninguno de estas entidades les gusto la nueva vecindad, y pusieron impedimentos todos los que supieron, no queriendo que tuvieran misa publica, al parecer todo se debía a un tipo de interés económico, debido a las limosnas de las que pudiera necesitar y conseguir el nuevo monasterio. Todo fue inútil, y las monjas consiguieron sus propósitos.

Monasterio de San Joaquín y Santa Ana

La casa que habitaron debía de ser señorial y contar con un patio columnado que sirvió de claustro. Hay elementos que aún hoy  nos indican restos del primitivo edificio; como el pozo del interior del claustro, las cuatro columnas que soportan el tejadillo y otra columna descubierta en uno de los paños del primer claustro. Por sus capiteles podrían ser del segundo cuarto del siglo XVI. Por tanto podrían pertenecer a la primitiva construcción.

Actualmente se sigue conservando  este pozo en el  denominado patio de los Laureles, por ser esta especie de árbol el que ha prevalecido en los últimos siglos, ni siquiera en mil novecientos sesenta y cinco cuando  los árboles por las heladas y nevadas se helaron y agostaron, sirvieron para erradicarlos pues en los años siguientes empezaron a  dar retoños, y a prosperar algunos de ellos, hasta que se hicieron adultos. 
Este pozo es y ha sido el más prominente de todos los pozos con los que ha contado el monasterio, ya que  ha llegado a albergar en su interior, unos  cuatro pozos todos ellos para aprovisionarse de agua las monjas, estuvieron en funcionamiento todo el tiempo que de ellos tuvo necesidad la comunidad, es decir, hasta la llegada de la canalización del agua corriente, en los edificios.
El suelo del patio esta empedrado con cantos rodados, el brocal lo componen  ocho losas de piedra reunidas dando forma de circunferencia, está flanqueado por cuatro columnas blancas con sus basas y todas de iguales capiteles, un tanto dañados por el paso del tiempo. Estas columnas soportan un entablamento de madera sobre el que se alza un tejadillo pequeño pero suficiente para cubrir el brocal del pozo, todavía consta de la polea, la soga y el cubo de metal, aunque hace tiempo que no se le da uso.

Sin embargo el agua que se sacaba de los pozos era cristalina y su última utilización era aprovechar su frescura, debido a su profundidad, para refrescar las botellas en el día de la celebración de Santa Ana, cuando se hacía mucha fiesta y  novenario que actualmente sigue celebrándose. A mediados del siglo XX no había neveras y era un modo común y artesano de enfriar las bebidas.
El pozo queda como testigo del paso del tiempo, del devenir de los días de las vidas de las hermanas que han vivido en este recinto su entrega a Dios, que se han sucedido con el paso del tiempo, por aquí pasaron Madre Evangelista, fundadora de Casarrubios del Monte, el mes próximo será introducida su causa de beatificación, también la marquesa de Canales con cuyo capital, se reedificó el monasterio, o la madre Ángela Francisca de la Cruz, que llegó a esta casa desde el Otero en León, para defender su causa ante la inquisición. Pero queda el pozo, espectador mudo de todos los cambios que con el tiempo se han ido produciendo. Ahí, enclavado en la edificación, que ya cuenta con doscientos veinticinco años, que se inauguro el 1 de octubre de 1787, diseñado por Sabatini, arquitecto real de Carlos III, en un estilo neoclásico, donde también Goya dejo su impronta con tres pinturas en la iglesia, frente por frente con otras tres pinturas de su cuñado Ramón Bayeu.

-Agradezco a Sor María Luisa del Convento de San Joaquín y Santa Ana la información y fotografías facilitadas.

Casa Juanito y El Paraiso del Plástico se mudan a causa de la ruina del edificio.



La ruina del inmueble sito en la esquina de las calles Teresa Gil y Regalado ha provocado que dos de los negocios con más solera de nuestra ciudad tengan que mudarse de lugar. El Paraiso del Plástico y Casa Juanito, que ocupan los bajos del citado edificio pasarán a la historia tal y como los hemos conocido durante los últimos decenios. Repasemos la historia de estos históricos locales:

El paraíso del plástico
Todo lo que se te ocurra que esté compuesto de plástico, lo venden aquí. El negocio está a puntito de cumplir cien años, aunque claro, lo del plástico todavía tardaría un poco en llegar. Por aquel entonces, en 1915, la tienda se llamaba Droguería A. Frechilla. La A. correspondía a Abraham, el abuelo de José, actual propietario del negocio, y el establecimiento estaba en el número 13 de Cánovas del Castillo. Fue en los años 30 del siglo pasado cuando Abraham se trasladó al local actual, bajo el rótulo de Droguería Madrileña, ocupando lo que hasta ese momento había sido la sombrerería de la vecina Casa Juanito. 



Lo del cambio de nombre llegaría a principios del decenio de 1950, cuando el plástico comenzó a convertirse en material habitual de numerosos productos. «Mi padre (Miguel Frechilla, el reconocido pianista) comenzó a vender algunos de ellos, como cepillos, pulverizadores para la colonia y algún juguete por Navidad», recuerda José. La apuesta por los productos de plástico se convertiría en la seña de identidad de la casa, que todavía conserva los mostradores originales. Y sobre ellos, numerosos juguetes «para que los niños los vieran mientras la madre compraba el barreño», rememora José. El próximo 2 de noviembre abrirá sus puertas a unos pasos, en el número 1 de la calle San Felipe.  (Fuente: El Norte de Castilla)


Casa Juanito
Juan García Alcubilla inauguró en 1895 una mercería que durante varias generaciones surtiría a muchos vallisoletanos, servicio que continúa en nuestros días. Era un amplio comercio en el que a la tradicional venta de hilos, cintas, agujas, etc se unía la venta de peletería, sombreros de señora y niño, encajes, tulas, terciopelos, así como una amplia sección de peletería, que la convirtieron en uno de los establecimientos más frecuentados por las vallisoletanas.


En 1985, la asociación formada por Miguel Sánchez y Leopoldo Adiego, adquirieron de los hermanos Juan y Fernando García, conocidos como "Los Juanitos", la mercería que fundara su padre, renovando el mobiliario y existencias, al tiempo que dedican trato preferencial, junto a los actuales objetos de mercería y complementos, a cuanto se relaciona con la Semana Santa, hábitos, capirotes, banderas, bordados, etc., que junto a las flores de su "Floristería Rebeca", adornan los "pasos" y locales donde tienen lugar los actos de celebración de la histórica semana. (Fuente: Aquellos entrañables comercios de Valladolid, tomo IV)



15/10/12

Dos ilustres pilas bautismales


Pila donde fue bautizado José Zorrilla


No todos los vallisoletanos saben que en dos importantes templos de nuestra ciudad se conservan las pilas bautismales en las que fueron bautizados los dos más importantes personajes de la historia de Valladolid, me refiero a D. José Zorrilla y a San Pedro Regalado, ilustre poeta y patrón de nuestra ciudad respectivamente. 
Zorrilla fue bautizado en la Iglesia de San Martín un 1 de marzo de 1817, mientras que Pedro Regalado recibió el sacramento en la Iglesia del Salvador.

Pila donde fue bautizado San Pedro Regalado
En la pila de la entrada de esta iglesia es donde está verificado su bautismo más allá de la tradición y en cuya zona superior de la pequeña capilla se traduce una inscripción que, con varios siglos de historia, denota la admiración de los vallisoletanos por su vida y sus virtudes a partir de cada una de las letras de San Pedro Regalado.



12/10/12

Aquellos serenos vallisoletanos





Los serenos vallisoletanos desaparecieron con el franquismo, en los años setenta. El sereno data en esta ciudad del primer cuarto del siglo XIX.
Los serenos hacían las veces de policías y tenían que sobrevivir a base de propinas del vecindario que recurría a sus servicios. Encendían las farolas de aceite de la calle, daban periódicamente la hora y el parte meteorológico, abrían las puertas a los vecinos y se ocupaban de mantener el orden en la oscuridad.


En 1841 se redactó el primer Reglamento para los Serenos Veladores Nocturnos de la ciudad de Valladolid, creando una Compañía compuesta por 3 cabos y 18 serenos, cuyo estipendio sería de ocho y seis reales diarios, respectivamente. Dependían del alcalde y de la sección de Policía y los cabos se encargarían de recaudar en su distrito lo que voluntariamente aportase el vecindario. También debían entregar un parte diario de novedades en los tres distritos –Plaza de Constitución, Plaza de San Miguel y Plazuela de la Universidad- así como de los barrios en que se subdividían.

Dos serenos, en un alto de su ronda nocturna

El Ayuntamiento les procuró un uniforme consistente en un capote de paño fuerte oscuro con cuello encarnado y una esclavina larga para el invierno y noche tempestuosas, una gorra de cuero forrada de pelo, lanza, farol de mano y un pito colgado de una cadena, siendo competencia de los alcaldes si les armaban con pistola o carabina, aunque les estaba terminantemente prohibido llevar perro.
Nada más llegar al barrio, su primer deber era comprobar que las puertas  de los portales sin luz estaban cerradas y, después, anunciar las horas y el estado de la atmósfera. También debían impedir el robo a los viandantes, las riñas y pendencias, fracturas de puertas y ventanas, escalamiento de casas, conducción de cajas, fardos y bultos sospechosos en horas avanzadas.
En 1953 había 32 Serenos de Comercio y Vecindad, menos de los que la ciudad necesitaba a juzgar por las denuncias de robos en comercios y domicilios, pero lejos de crecer, la nómina fue bajando hasta extinguirse en los años setenta.

-Fuente del texto y fotografías: Valladolid Cotidiano. José Miguel Ortega Bariego


10/10/12

La Plaza de Madrid




Por Antonio Piedra
Hay plazas que con el tiempo cambian de sino, de historia, y también de estimación en la mente de los ciudadanos. Es lo ocurrido, por ejemplo, con la vetusta Plaza de España, que de extramuros y marginal fue convirtiéndose en una población integrada y laboriosa hasta llegar en la modernidad a un espacio abierto y menos agresivo. Una arquitectura que sin entusiasmar invita a detenerse, a reprimir la velocidad, a aislarse de esa inutilidad producida por el estrés del asfalto.


Con la plaza de Madrid, en cambio, el proceso parece estancado y a veces regresivo. Y no ciertamente por los aciertos o desmanes de la ordenación urbanística, que es lo de menos en este caso, sino porque hay situaciones insuperables que ni los gobiernos democráticos pueden enderezar. Pocos vallisoletanos se detienen hoy en la plaza de Madrid para mirar, distraer las prisas, o escuchar el canto de los pájaros. La sombra del caserón de Hacienda, modernizado sólo con el nombre de Agencias Tributaria, es tan alargada y dominante que se impone la fuga automática como interpretación peatonal más benigna.


Curiosamente, don Luis de Góngora y Argote, en el desconocido romance al Campillo de San Andrés –no recogido, por cierto, en sus obras completas ni siquiera como atribuible-, y al que hice referencia hablando de la plaza de España, diseña perfectamente la situación de la hoy plaza de Madrid al hablar con donaire de los “atrases de San Andrés”. Y no sólo eso, sino que, además, llegó a barruntar en el siglo XVII lo que podían dar de sí esos atrases, y de qué manera. Efectivamente, en esos versos, aunque con otro sentido, el genio culterano habla de las “mermas de los bolsillos” y de “el hacienda de Pisuerga”. No resisto la reproducción de un apunte tan procaz, irónico, y profético a la vez, de lo que fue este rincón del Valladolid del siglo de oro, hoy plaza de Madrid:
Atrases de San Andrés,
huerto concluso a las  dueñas
de sus carnes, que malvenden,
hechas de sí mesmas tiendas,
malas para biencasadas,
más disolutas que sueltas;
redil para vagaimundas,
con piel de lobas corderas,
que guardan dominicanas
en filipense gelera,
forzadas el duro banco
por ser de Venus veneras,
tributarias del arroyo
con que incrementa la Esgueva
las mermas de los bolsillos,
el hacienda de Pisuerga.
Cójanme los nabos desta verde huerta,
échenme en conserva
la vainas, las turmas, y las berenjenas.

Por lo que se ve, de sobra conocía don Luis el Campillo de San Andrés y sus aledaños. Por algo sería.
No otra cosa que huertas –la de San Felipe de la Penitencia la más importante-, fue en su tiempo la actual Plaza de Madrid. Ni la construcción de la última cerca de la ciudad, ni su las sucesivas reformas urbanas que acarreó, fueron suficientes para dar vida a una plaza ausente en las crónicas. La reforma de Miguel Iscar certifica su existencia definitiva al convertirse en el punto de confluencia de una de las arterias principales de la ciudad –la calle Duque de la Victoria-, y de seis calles del ensanche: Gamazo, Muro, Dos de Mayo, Divina Pastora, Perú y Rastro. Se configuraba así una plaza de tránsito, con escasos atractivos urbanísticos, y de una destartalada armonía.

En los años 60

La última reforma, ha mejorado sustancialmente el paisaje urbano de la plaza. El agobiante mar de asfalto ha sido sustituido, en gran parte, por un tratamiento más humano e integrador. El grupo escultórico de Feliciano Alvarez, titulado “Encuentro”, contribuye sin duda a esa sensación de alivio. 

En los años 60

Pero el incurable escepticismo del contribuyente vallisoletano apela al sentido del humor e interpreta que es “encuentro” no es tal sino una simple agarrada: la que hace el inspector de Hacienda al incauto ciudadano. En fin, que la plaza de Madrid, a pesar de los lavados de imagen, no cambia el sino que le atribuyera don Luis de Góngora, y sigue siendo hoy también
las mermas de los bolsillos,
el hacienda de Pisuerga


8/10/12

Bicentenario de la 2ª batalla de Cabezón, voladura del puente y estancia de Wellington en Cabezón de Pisuerga


Acuarela pintada por el Capitán de Ingenieros Charles Ellicombe.
Imagen obtenida por Miguel Ángel García García


Este mes de octubre se cumplen 200 años de uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la provincia de Valladolid. Dentro del contexto de la Guerra de la Independencia Española, en Cabezón acaecieron dos batallas, la primera y más conocida el 12 de junio de 1808 y la segunda el 27 de octubre 1812, en esta última, se produjo un suceso que marcará la vida en Cabezón de Pisuerga durante muchos años. El 29 de octubre de 1812 aproximadamente a las 9 de la mañana el general Wellington ordena volar el tercer arco del puente sobre el río Pisuerga para impedir el paso del ejército Francés en dirección a Valladolid. El puente no se reconstruyó en piedra tal y como ahora lo vemos hasta 1852, es decir 40 años después.
Estos hechos merecen ser recordados, más de 100.000 soldados llegaron a Cabezón entre los días 24 y 29 de octubre de 1812, los franceses desde el lado derecho para intentar pasar el río y tomar Valladolid; por el otro lado, el ejército aliado formado por tropas inglesas, alemanas y portuguesas junto con parte del ejército español situados en el lado izquierdo del río, en la ladera de la montaña, en el mirador del puente y en las bodegas.


Duque de Wellington


Así fueron los acontecimientos aquel octubre de 1812:

La vanguardia aliada llega a Cabezón de Pisuerga el día 24 de octubre y el 26 se une el conjunto del ejército con Wellington a la cabeza:

”Formamos al otro lado del río y nos situamos encima de un antepecho enfrente del puente. Los ingenieros comenzaron a perforarlo para volarlo, perforaron la fábrica de los arcos medios, llenando el lugar de polvo” 

El día 24 de octubre los soldados ingleses se sitúan en la altura sobre el puente, disponiéndose los ingenieros a perforarlo para proceder a su voladura. Una nube de polvo cubre el lugar. Los carruajes, heridos y civiles, que acompañaban a las tropas aliadas desde Burgos, continúan hacia la ciudad de Valladolid. Las bodegas situadas en la ladera encima del río son aprovechadas para colocar la artillería, y el paso del puente es obstaculizado con carros requisados a los vecinos de la población. Los habitantes temen que vuelvan a producirse los sucesos del 12 de junio del no tan lejano año de 1808, cuando los franceses, una vez derrotado el ejército del general español Gregorio de la Cuesta, entraron en la villa robando todo lo que encontraron a su paso. Después los vecinos tuvieron que acercarse a la ciudad de Valladolid para recomprar, por doscientos reales, el incensario y la concha de plata de bautizar, al relojero Josep, que a su vez se los había comprado a los franceses, que lo sustrajeron de la iglesia; y ciento cuarenta y cuatro reales que abonaron a los alemanes, por la paz y otros objetos de la iglesia. El copón nunca apareció, teniendo que hacer uno nuevo.



Para que no les vuelva a ocurrir lo mismo, los cabezonenses esconden todos los objetos de valor y abandonan sus casas camino de Valladolid, otros sin embargo se ofrecen para colaborar en la defensa proporcionando alojamiento y suministros a los soldados, sintiendo preferencia por las tropas españolas del ejército de Galicia y los guerrilleros de don Julián Sánchez “El Charro” que opera bajo las órdenes de Lord Wellington y es el temor de los franceses que ocupan Salamanca y Valladolid.

Al atardecer del 26 llega el ejército francés, posicionándose en la llanura frente al puente. Un teniente británico (Jones K.E) permanece durante toda la noche en el puente, preparado para activar las cargas que volarán el tercer arco en caso de que las tropas francesas intenten cruzarlo.
El teniente, durante toda la noche del 26 de octubre permaneció tendido en el centro del puente de Cabezón. El enemigo en un extremo y un piquete británico en el otro, el oficial de ingenieros en el centro entre ambos, listo para prender fuego a la mina en el instante en que el enemigo intentara avanzar. Él oficial, sin embargo, se mantuvo en silencio durante la noche. Al amanecer, Lord Wellington llegó a la barricada y después de muchas consultas con el oficial de ingenieros, se retiró.



Las primeras luces del día 27 revelan una densa niebla que imposibilita ver la orilla opuesta del río. El ataque francés tiene que demorarse hasta las nueve de la mañana, momento en que se ordena a la infantería ligera francesa atacar el puente, bajo cobertura de once piezas de artillería dirigidas por dos brigadas de este cuerpo. Las baterías instaladas por el ejército bajo el mando de Lord Wellington en la ladera y en la base del puente, junto al eficaz fuego de los fusileros, impiden a los franceses cruzar el río después de un arduo ataque, teniendo que retroceder. El General francés Joseph Souham desiste de continuar con el combate y decide seguir bajando por el curso del Pisuerga hasta Valladolid, dejando en Cabezón un fuerte contingente de tropas que fijen la posición aliada. Wellington, desde las alturas de Cabezón, puede observar al ejército francés de Portugal y comprobar que se ha reforzado con tropas venidas del Norte. Se da cuenta de que está en inferioridad numérica. 

Proceso de construcción del que será monolito conmemorativo de la batalla


Según palabras textuales de Wellington: 

“Desde que le escribí en el día 26, he tenido oportunidad de ver entero el ejército enemigo, al estar posicionado en la orilla opuesta del Pisuerga ayer. Están ciertamente muy reforzados. El ejército de Portugal ha recibido un refuerzo de 10.000 hombres (incluida la caballería) de Francia; y tengo razón de creer que ahora hay dos divisiones de infantería con este ejército, pertenecientes al ejército del norte.”

Los franceses descienden por el Pisuerga con la intención de cruzar por el Puente Mayor de Valladolid, y los situados en Simancas y Tordesillas.

Wellington ya no tiene motivos para continuar en Cabezón y a las cinco de la mañana del día 29 de octubre parte con sus tropas hacia Valladolid ordenando volar el tercer arco del puente. Los habitantes de la villa ven con pesar descender los restos de la construcción río abajo, sólo hacía unos 20 años que se había restaurado.

Cabezón de Pisuerga irá recuperando la normalidad poco a poco, los daños sufridos en las casas a consecuencia de la artillería francesa serán arreglados, los vecinos retornarán a sus casas y se reparará el arco volado en el puente con un entramado de madera. Pero pasarían 40 años hasta que el puente quedara definitivamente arreglado, tal y como lo vemos hoy en día.

Espero que esta breve referencia histórica extraída, del libro “1812 Wellington en Valladolid” de Miguel Angel García García, sea de vuestro interés y despierte la curiosidad por la historia de nuestro pueblo, y os anime a participar en los actos organizados para conmemorar estos acontecimientos.




6/10/12

La Plaza de la Trinidad




Por Luis Carmelo Rincón
Esta plaza, hoy poco acogedora fue un día plaza de palacio, lugar de encuentro de nobles y paso de reinas, cuando los destinos del mundo se decidían en Valladolid. La hoy llamada Plaza de la Trinidad es uno de los rincones primeros de la ciudad, ligada a grandes glorias, como las cortes generales que se celebraban en el palacio del Conde de Benavente, pero también a grandes miserias, como la judería nueva, construída en sus aledaños para el “encerramiento de los judíos” y que ocupó el terreno del barrio de San Nicolás, tan cercano a ella.


De su primitiva denominación se sabe poco, más que nada porque el nombre de las calles y plazas era el que imponía el uso y la costumbre y no los regidores. Si hemos de fiarnos de ese buen sentido del pueblo llano que llamó Guadamacileros al lugar donde vivían y trabajaban los de este oficio y Tenerías a la ribera donde curtían sus pieles estos artesanos, lo lógico sería pensar que la única plazoleta que había a la entrada del Puente Mayor, fuera conocida como la plaza del puente, como se llamaba entonces la calle que de ella salía, la actual calle de Expósitos. Ese razonamiento nos llevaría a asegurar que posteriormente la plazuela sería llamada de San Quirce al instalarse en ella, buscando el abrigo de la población y huyendo de guerras y banderías, la comunidad de monjas que moraba allende el río, la segunda en antigüedad de Valladolid, sólo superada por la Huelgas, la fundación preferida de Doña María de Molina. 



Esa comunidad de religiosas cistercienses aún mantiene su presencia en la ciudad, pero ahora vive replegada, lejos de los fastos que acompañaban a los monarcas Carlos V, Felipe II, o Felipe III que apoyaron económicamente al monasterio y con el que se relacionaban a menudo. La esposa de este último, Margarita de Austria, realizaba frecuentes visitas a las monjas, entre las que habían entrado en religión señaladas damas de la nobleza.
Ese trasiego nobiliario se debía a la cercanía del palacio del Conde de Benavente, en el otro lateral de la plaza. Con esta novedad, es fácil suponer que la plaza dejara de ser conocida como plazuela de San Quirce para ser denominada desde entonces Plazuela del Conde de Benavente, como ya consta en el plano de la ciudad de 1738.


Tras los oropeles vino la decadencia. Dos incendios, en 1668 y 1716 redujeron considerablemente tan colosal fábrica. Este último fue especialmente dañino y murieron tres personas, sin que sirvieran de mucho las rogativas y procesiones de las comunidades religiosas vecinas, pues según cuenta Ventura Pérez “en más de un mes se hallaba lumbre entre las ruinas”.
En 1789 la ya muy disminuida casa de los Benavente, que daba nombre a la plazuela, fue adquirida para hospicio. Con el cambio fueron picados los escudos de la familia que orlaban la entrada principal y así desaparece todo vestigio de una de las más influyentes sagas de la época. El nuevo uso del emblemático edificio arrastra también el cambio de denominación de la plaza, pues si el antiguo palacio se destina, desde principios del siglo XIX, a hospicio provincial, del Hospicio se llama desde entonces plazuela.
No va a tener, no obstante mucha fortuna este nuevo apelativo, pues aunque el uso del edificio ha sido el de casa de acogida de huérfanos hasta hace pocos años, el nombre va a cambiar en 1863, cuando el Ayuntamiento de la ciudad acuerda que la Plazuela del Hospicio se llame desde entonces Plazuela de la Trinidad, por el convento de trinitarios descalzos que allí hubo.



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