16/4/11

La leyenda del Campo Grande


Estaban concluyendo los futuros esposos, Ana Bustos de Mendoza y Tello Arcos de Aponte, los preparativos para su boda, la cual se iba a celebrar al día siguiente. Cuando el novio abandonaba la casa de su prometida, se encontró con Juan de Vargas, un pretendiente con el que había contado su futura esposa y al que ésta había prometido esperar durante un año. Ambos se reconocieron y ambos se afirmaron en el derecho con el que contaban para poder contraer matrimonio con ella. La porfía desencadenó en un lance, un duelo, que tuvo como escenario el Campo Grande. Al comprobar don Tello que la lucha se encontraba muy igualada, simuló un engaño para provocar la distracción momentánea de don Juan y aprovechar que volviese la cabeza, para hundir la espada en su rival. No iba a ser el único episodio violento que iba a tener como escenario éste que no era entonces –suponemos que estamos hablando de los siglos XVI y XVII- un parque romántico como le conocemos actualmente. Como hemos visto antes, el Campo Grande, lugar de recibimiento de la ciudad o quemadero de “herejes”, se hallaba bordeado por una sucesión de distintos conventos.


Desde la celda conventual de uno de ellos, un fraile capuchino observó cómo un hidalgo, con la espada en la mano, corría detrás de un hombre al que alcanzó y dio muerte. Otro caballero, percatándose del incidente, se acercó para auxiliarle. Fue un gesto inoportuno, pues en aquellos instantes se personó la Justicia, creyendo culpable de la herida mortal a este segundo, siendo detenido en aquellos momentos. Aquel prisionero era don Tello Arcos, el cual en el transcurso del juicio, se declaraba inocente de la muerte de este último, aunque culpable de la de otro caballero, “con espada y a traición”. Por todo ello, fue sentenciado a muerte. Una sentencia que el fraile capuchino, testigo de lo ocurrido en segunda ocasión, consideraba injusta, declarando en otra dirección bien diferente. Con todo, la sentencia se cumplió y la pena se ejecutó.

El Campo Grande rodeado edificios conventuales.

La meditación en torno al una víctima inocente propiciada desde la aplicación de la justicia humana, creaba angustia en el fraile. En una de aquellas ocasiones, el capuchino a la orilla del río Pisuerga repetía de forma continuada, con un balanceo de la cabeza: “¡No hay Dios donde no hay justicia!”. Un pesar que al religioso le obsesionaba. Cuando tenía estas palabras todavía en su boca, por el agua se fue acercando un cuerpo flotando. Fue entonces cuando reconoció el cadáver de don Tello, por cuya muerte estaba teniendo todos estos pesares. Debajo mismo se encontraba otro cuerpo, identificado con el de Juan de Vargas. El primero, elevando la cabeza, se dirigió al fraile, aclarándole sus pesares: “en duelo injusto los dos, a traición asesiné; no preguntéis el por qué de la Justicia de Dios”. Tras pronunciar estas palabras, los cadáveres continuaron deslizándose a través de las aguas del río Pisuerga.

Tradición. (Gabriel Osmundo Gómez).
Casa Museo de Zorrilla, Valladolid.

La Leyenda del Campo Grande la incluyó Zorrilla, en su reimpresión de las Obras Completas. Hasta entonces la había titulado “Recuerdos de Valladolid”. Pero a partir de entonces la denominará “Justicia de Dios”. El poeta vallisoletano argumentará un origen personal de parte de esta narración, tal y como se lo había escuchado referir en dos o tres ocasiones a un fraile carmelita, amigo de su padre. En concreto, la “imagen de un hombre muerto y una sepultura de doble cadáver a manera de aparición milagrosa”. De la otra mitad se hacía eco el propio Zorrilla, como testigo y actor junto con sus progenitores. Era el momento en que la Justicia, convierte en culpable al que había aparecido a auxiliar al herido de muerte, una situación semejante a la que le ocurrió a Miguel de Cervantes en Valladolid en 1605, con la muerte referida de Gaspar de Ezpeleta.

--Fuente: Guía Misteriosa de Valladolid. Autor: Javier Burrieza Sánchez
ISBN:978-84-936875-6-4

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