2/1/12

El desaparecido Colegio Hispano


Lo cierto es que el entonces colegio Hispano, hoy colegio y residencia universitaria La Salle, ocupó el edificio e instalaciones del colegio laico que ostentó el mismo nombre, y que estuvo situado en el número 24 de la calle Fray Luis de León.
Antes de llegar a la entrada del colegio, dirigiéndose a él desde la calle de López Gómez, lo primero que encontraba el transeúnte era un muro de unos tres metros de altura, en el que se abrían dos puertas de hierro con verja en su parte superior pintadas de color verde, que conducían a un pequeño patio en cuyo centro había un estanque en el que nadaban algunos peces de color rojo. Al fondo del jardín se encontraba una pequeña papelería que se conocía con el nombre de librería Bruño, donde los alumnos del colegio encontraban los materiales necesarios para poder hacer sus deberes. Cuadernos y blocs, lapiceros, pizarrines y plumas, gomas de borrar y secantes, tablas de logaritmos, reglas y sacapuntas formaban parte del escaparate junto a libros de la citada editorial.
A continuación estaba la fachada de una casa de dos pisos (donde se encontraban las habitaciones de la comunidad y los dormitorios de los escasos alumnos internos del centro. Atravesada la portería y un patinillo cruzado por un pasadizo situado a la altura del primer piso se desembocaba en el llamado patio de los pequeños, cuyo suelo parecía empedrado en parte, y dónde crecía un frondosa árbol.
Formando parte de la planta baja del edificio de la calle Fray Luis de León se encontraba una extraña jaula de grandes dimensiones, que aparte de servir como prisión al Guerrero del Antifaz (papel vivido por los pequeños alumnos), y de la que indefectiblemente terminaba escapando, su única aplicación práctica fue servir de alojamiento al corderillo que anualmente se sorteaba, junto a una cesta de Navidad, entre los alumnos del colegio.
Al fondo del patio (paralela a la repetida calle) se encontraba una edificación de un solo piso, donde se situaba la capilla del centro y las clases de los cursos de Bachillerato, así como un pasadizo que comunicaba el patio anteriormente citado con el patio de los mayores. De dimensiones más grandes que el primero de ellos, disponía en su centro de un frontón formado por un alto muro de ladrillo en cuyos extremos, completados por dos muretes en ángulo, se situaban unas extrañas canastas de baloncesto, cuando este deporte era prácticamente desconocido en nuestra ciudad.
Constituían todo el mobiliario deportivo y recreativo del colegio unos grandes sillares de piedra y el fuste de una columna, situados al lado derecho de una gran puerta carretera que abría a la calle Simón Aranda, y a la pared de la calle Santuario, próxima a la cual abría una puerta por la cual entraban y salían los alumnos que asistían a las clases.


No existían salas o gabinetes de Física y Química, dándose la clase de esta última materia -cuando era necesario mostrar propiedades y reacciones de líquidos- en una clase (creo recordar que era la ocupada por el 5º curso de Bachillerato) donde junto a la mesa del profesor, situado sobre una tarima, había un encerado que servía para explicar las lecciones. La pizarra se decoraba con trabajos realizados con tizas de colores la víspera de las fiestas más señaladas del colegio (La Inmaculada), Navidad o San Juan Bautista de la Salle). Además, había un grifo de agua corriente situado al final de una tubería de plomo de un metro aproximadamente de altura.
Dicha clase limitaba a su derecha y al fondo con una oscura habitación, dotada de puertas de vaivén, donde se depositaban las basuras que diariamente se generaban en las clases y en los patios del colegio.
Días de clase (de ocho a una y de tres a siete y media) y de una hora de estudio voluntario vigilado por un religioso (actividad conocida como vela); recreos en que los más pequeños jugaban a las canicas, la peonza o el clavo, juegos que siempre eran interrumpidos por el silbato que anunciaba el fin del descanso -y que era recibido con un <<¿Ya?>> de sorpresa por parte de los jugadores; tardes libres de los martes en que la clase conseguía, por su comportamiento, el número de vales necesarios para ir de paseo a San Isidro o al campo de deportes del colegio de Lourdes, o tardes libres de los jueves en que los alumnos que lo desearan podían ir a jugar al colegio y asistir al Rosario y Bendición que dichos días tenían lugar.
Domingos que comenzaban con la misa del colegio, y podían terminar en el cine del Lourdes, recuerdos, profesores y compañeros que fueron rindiendo viaje a lo largo de los años, viejas edificaciones que hace tiempo fueron derribadas, costumbres que cambiaron, ilusiones quizás realizadas...

-Fuente: El Norte de Castilla - 20 de febrero de 2000 - Joaquín Martín de Uña
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonito pero no se dice en qué año desapareció para construir el nuevo colegio La Salle.

Ex alumno de La Salle dijo...

Anónimo, el actual Colegio San Juan Bautista de La Salle, con la forma que le conocemos, data de 1939. Saludos.

 
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