9/11/09

La Corte de los Catarros

Felipe III

La estampa que ofrece Valladolid desde la peana de sus cerros colindantes es la de un desafinado barullo. Pero luego el trasiego por sus calles sorprende grátamente, a pesar del repertorio de denuestos sobre al caracter altivo de sus habitantes. "La gente de Valladolid, por medio cortesana, es soberbia y de mucha presunción", advirtió un clásico del Siglo de Oro, despues de soportar los rigores climáticos de la corte de los catarros. Así la bautizó Quevedo, molesto por la caprichosa, efímera y costosa mudanza del trono a Valladolid. El traslado de toda la escenografía barroca de la corte de Felipe III el 10 de enero de 1601, supuso el trasvase de mas de cincuenta mil habitantes de Madrid a Valladolid. Semejante avalancha dió pie a un grandioso pelotazo inmobiliario de su impulsor, el Duque de Lerma, y el enfado inclemente de la tropa de escritores, artistas y tiralevitas que seguian los pasos de sus mecenas.

El Duque de Lerma

Mejor no recordar las chanzas venenosas de Góngora y quedarnos con las nobles referencias de Cervantes, que también aquí pasó por presidio a cuenta de una historia de sangre y adulterio que salpicó su casa. Fueron cinco años sembrados de recepciones, banquetes, saraos, cañas, espectáculos de toros en el Pisuerga y cacerias en los espacios de diversión creados por la Corte, como los jardines del Espolón, el Prado de la Magdalena o la Huerta del Rey. "De Valladolid la Rica, /arrepentido de verla,/ la mas sonadas del mundo/ por romadizos que engrenda", escribió Quevedo. O sea, por los catarros. De toda aquella excitación en palacios y riberas nos queda la crónica irreverente y jugosa del portugués Tomé Pinheiro de Veiga.

Fuente: Tierra de Horizontes- Ernesto Escapa (Pág- 185)
(ISBN: 978-84-7852-956-8)

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