La estampa que ofrece Valladolid desde la peana de sus cerros colindantes es la de un desafinado barullo. Pero luego el trasiego por sus calles sorprende grátamente, a pesar del repertorio de denuestos sobr
e al caracter altivo de sus habitantes. "La gente de Valladolid, por medio cortesana, es soberbia y de mucha presunción", advirtió un clásico del Siglo de Oro, despues de soportar los rigores climáticos de la corte de los catarros. Así la bautizó Quevedo, molesto por la caprichosa, efímera y costosa mudanza del trono a Valladolid. El traslado de toda la escenografía barroca de la corte de Felipe III el 10 de enero de 1601, supuso el trasvase de mas de cincuenta mil habitantes de Madrid a Valladolid. Semejante avalancha dió pie a un grandioso pelotazo inmobiliario de su impulsor, el Duque de Lerma, y el enfado inclemente de la tropa de escritores, artistas y tiralevitas que seguian los pasos de sus mecenas.Mejor no recordar las chanzas venenosas de Góngora y quedarnos con las nobles referencias de Cervantes, que también aquí pasó por presidio a cuenta de una historia de sangre y adulterio que salpicó su casa. Fueron cinco años sembrados de recepciones, banquetes, saraos, cañas, espectáculos de toros en el Pisuerga y cacerias en los espacios de diversión creados por la Corte, como los jardines del Espolón, el Prado de la Magdalena o la Huerta del Rey. "De Valladolid la Rica, /arrepentido de verla,/ la mas sonadas del mundo/ por romadizos que engrenda", escribió Quevedo. O sea, por los catarros. De toda aquella excitación en palacios y riberas nos queda la crónica irreverente y jugosa del portugués Tomé Pinheiro de Veiga.
Fuente: Tierra de Horizontes- Ernesto Escapa (Pág- 185)
(ISBN: 978-84-7852-956-8)



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