29/11/09

El Barrio Huerta del Rey


El barrio Huerta del Rey está ubicado en la margen derecha del río Pisuerga. Linda al norte con el barrio de La Victoria, por el sur con Parquesol, por el este con el río Pisuerga y por el oeste con el barrio Girón y la Ronda Oeste. Tiene 18.202 vecinos, y una extensión de 3,06 km2.
Huerta del Rey puede considerarse como uno de los primeros barrios residenciales de la ciudad. Su diseño urbanístico, que se inició a principios de la década de los setenta, presenta en general una configuración de manzanas cerradas formadas por bloques de alturas diversas (edificios de 4 a 11 plantas) y grandes patios interiores.
En 1972 llegaron los primeros vecinos a Huerta del Rey, a la franja delimitada por la avenida de Salamanca y el río Pisuerga. Posteriormente se amplió con la segunda fase del barrio, creciendo hacia el oeste de la avenida de Salamanca. En los últimos años se están desarrollando gran número de promociones en la zona de Villa del Prado.

Vista desde el aire la Huerta del Rey no era sino una finca con forma triangular.
Colección Joaquín Martín de Uña

El barrio está atravesado de norte a sur, paralelamente al río Pisuerga, por la avenida de Salamanca, principal arteria de tráfico rodado del oeste de la ciudad. Esta avenida es surcada perpendicularmente por varias avenidas principales que comunican el barrio Huerta del Rey con la margen izquierda del río Pisuerga por distintos puentes (avenida de Gijón, avenida Vicente Mortés, avenida de José Luis Arrese, avenida Sánchez Arjona – calle Padre José Acosta y avenida Puente Colgante).
El entramado de calles del barrio Huerta del Rey, tanto en las fases 1 y 2 como en Villa del Prado, se caracteriza por ser de calles generalmente anchas, en donde en muchos casos está permitido el estacionamiento en batería en ambos lados de la calzada. La actividad comercial y la oferta de ocio de la zona es escasa, debiéndose el tráfico rodado en gran medida a desplazamientos particulares de los habitantes del barrio.
Huerta del Rey también se caracteriza por contar con un gran número de zonas verdes, en particular de parques y jardines infantiles. Muchas de las calles y avenidas tienen árboles y áreas ajardinadas a lo largo de ambas aceras.
El uso de los edificios es predominantemente residencial. No se localiza ningún área industrial. Cabe destacar como edificios más singulares del barrio los recientemente inaugurados de las Cortes de Castilla y León y el Auditórium “Miguel Delibes”, el recinto de la Feria de Muestras y los edificios de Usos Múltiples de la Junta de Castilla y León.
Los centros educativos que se localizan en el barrio son los siguientes: Colegio Público Francisco Giner de los Ríos, Colegio Público María de Molina, Colegio Sagrado Corazón – Corazonistas, Colegio La Inmaculada – H.H. Maristas, Instituto de Enseñanza Secundaria Emilio Ferrari, Instituto Enseñanza Secundaria Vega del Prado, Escuela Técnica Superior de Arquitectura, y la Escuela U. Politécnica.

-Fuente: http://www.vecinosvalladolid.org/IMG/pdf/Huerta_del_Rey.pdf
-Vease tambien: La Huerta del Rey

La Huerta del Rey

La Huerta del Rey según el plano de Bentura Seco de 1738

La Huerta del Rey se llama así porque allí estuvo una de las casas de recreo de los reyes de España, fundamentalmente de los últimos Austrias. Era un gran espacio comprendido entre el puente del río mayor -se llamaba mayor por eso, por estar sobre el Pisuerga, ya que el Esgueva era el río menor. El puente, en sí, no podía ser mayor ni menor que otros, ya era el único que existía en el Pisuerga; los de las Esguevas eran pontezuelas de poco mérito-, el camino al monasterio de Nuestra Señora de Prado -a Simancas se iba por el Paseo de Zorrilla y camino viejo de Simancas adelante; existía ya el barrio de San Adrián ocupado en hacer adobes y ladrillos-, la ribera de don Periáñez del Corral -cuya casa renacentista ha sido derribada hace pocos días para hacer sitio al Museo de la Ciencia- y al propio Pisuerga.

Poco queda de aquellos tiempos, de aquellos fastuosos jardines: unos restos de muros frente a la playa de las Moreras y unos restos del ingenio de Zubiaurre, junto a la desembocadura del Canal de Castilla. Era este un artefacto que permitía subir agua para regar la Huerta del Rey sin gasto de energía, o, por mejor decir, aprovechando la misma energía del río que proporcionaba el agua y que accionaba unas bombas. No era un invento original del bueno de Zubiaurre, que lo había copiado de ingenios semejantes que había visto en el Támesis, cuando estuvo preso en Londres, pero era una absoluta novedad en España; nunca se había visto cosa tan simple -comparada con el artificio de Juanelo que subía el agua a la ciudad de Toledo- e ingeniosa en la península.

La Huerta del Rey, que estaba comunicada directamente con el Palacio Real de la plaza de San Pablo por medio de un pasadizo que atravesaba el río a la altura de San Quirce, fue el primer zoológico de la ciudad, con leones, camellos, pajareras, venados, jabaíes, conejos, caza de pluma -parte de la Huerta había sido transformada en bosque de caza, para entretenimiento del rey, aunque este con frecuencia se entretenía en tirar sobre los bichos desde las mismas ventanas del Palacio- y quizás hasta con un rinoceronte mencionado vagamente por el escritor simanquino Vargas Machuca. Era, además, un museo de arte.

Muchos de los cuadros que hoy vemos en el museo del Prado estuvieron hace trescientos o cuatrocientos años adornando los palacios de Valladolid. No sólo los reyes, también los nobles apreciaban la buena pintura. El conde de Benavente, por ejemplo, tenía en pleno siglo XVII una fabulosa colección de pintura de las mejores manos españolas y europeas en sus casas vallisoletanas -las mismas que hoy ocupa la Biblioteca Municipal-, amén de esculturas, libros, tapices y demás. Se conserva de él un retrato pintado por Velázquez y en el inventario que tenemos en nuestro Archivo figura un lienzo con la figura de un herrero rodeado de cuatro o cinco figuras; bien pudiera ser la famosa fragua del sevillano.

El Palacio de la Ribera, la casa real de la Huerta del Rey, encerraba una buena colección de pintura, que debemos suponer acabó en Madrid, como las restantes. Fue inventariada varias veces, por nuestra parte vamos a tomar un inventario fechado en 1703.

El Palacio de La Ribera

La parte más noble del Palacio estaba constituida por dos galerías altas, una de ellas con vistas a una plaza interna en la que se celebraban corridas de toros, luchas de toros con leones y otras delicadezas; u una segunda dominando el río, para ver las naumaquias, o batallas de barcos, y los famosos despeñamientos de toros al Pisuerga desde la propia Huerta del Rey. A las galerías se abrían aposentos de manera semejante a lo que puede contemplarse en La Granja por la parte que da a las fuentes, que también constituían parte importante de la Huerta.

Estaba claramente diseñada, concebida y decorada para el placer momentáneo -no hay, por ejemplo, camas, aunque puede ser que las hubiera a comienzos del XVII- y, aunque los números son fríos, podemos decir que su adorno estaba compuesto -en lo que hace el Palacio, que los jardines no desmerecían en nada- por quinientosdiecinueve cuadros de distintos tamaños y tipos, diez bufetes riquísimos, como por ejemplo el inventariado como un bufete grande de ébano, embutido y guarnecido de marfil, con un mapa en medio rodeado de vistas de ciudades famosas buriladas; y por setenta cerámicas de Faenza -un salvaje recostado sobre una fuente guarnecida de hiedra y un leó pequeño, un pájaro pequeño arrimado a un tronco, una tortuga con un pájaro encima, un hombre tapado de hiedra con una cabra que le subía por la rodilla, arrimado a un jarro que hace fuente...-. En el aposento que daba acceso al pasadizo para ir a la Plaza de San Pablo se guardaban, bajo llave, dos mil cuatrocientos vidrios ordinarios y doscientos cinco vidrios cristalinos -esto es, transparentes- para las ventanas del palacio. Es curioso esto de que se quitasen los cristales cuando los reyes no estaban. Los cristales eran caros y los encargados de la conservación evitaban así que se rompiesen. Supongamos que llegábamos a Valladolid y queríamos saber si los reyes estaban en la ciudad. No hacía falta preguntar a nadie: si las ventanas estaban acristaladas era que sí estaban; si no había cristales, estaban en Madrid.

Las alhajas de la capilla no se encontraban en 1703 en la Huerta del Rey. Por orden de Su Majestad -por las fechas podrían ser órdenes de Carlos II o de Felipe V- habían sido entregadas a los religiosos de San Diego para su custodia. Pero no hacía falta nada más, por lo ya visto podríamos considerar que, por un tiempo, fue nuestro particular Museo del Prado y palacio de La Granja, las dos cosas a la vez.

-Fuente: http://www.valladolid-es.info/huerta-rey.htm

-Ver tambien: El Barrio Huerta del Rey

El Palacio de la Ribera



Lo que son las cosas, para conocer nuestra propia historia hay que llegar hasta las estanterías de la Biblioteca Vaticana, donde se conserva un manuscrito, redactado en 1626 por el arquitecto Juan Gómez de Mora, que nos informa: “Tiene más el Rey en esta Ciudad una casa de campo que llaman la Ribera, que está fundada a la otra parte del río Pisuerga. Tiene buenos jardines y alamedas. Aquí solían hir los Reyes a merendar y goçar del río. Tiene dentro de sí una plaça para fiesta de toros, en que, en tiempo de Corte, se bieron algunas…”. El autor se refiere a un palacio de recreo remodelado por su tío, el arquitecto conquense Francisco de Mora, que hacia 1602 reconvirtió una sencilla casa campestre en un lujoso remanso de ocio y naturaleza para la familia de Felipe III el Piadoso, al modo de las villas renacentistas italianas.

Celebración del despeño de los toros. En esta fiesta las reses eran arrojadas al río desde el palacio para ser lidiadas en el agua.

El acondicionamiento de este palacio, su ubicación, su dotación y su doble función, agrícola y recreativa, se debieron a los intereses de don Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, que tres años antes había recibido del Rey el título de Duque de Lerma. Este ambicioso personaje del gobierno había conseguido influir en Felipe III para reponer la capitalidad de la Corte en Valladolid, decisión contraria a lo dispuesto por su padre Felipe II años antes. El de Lerma fue el primero en adquirir aquellos terrenos, que originariamente fueron conocidos como la Huerta del Duque.
Designada Valladolid en 1601 como Corte del reino de España, ciudad que presentaba un elegante centro urbano renovado veinticinco años antes, tras el gigantesco incendio de 1561, el Duque de Lerma se ganaba el favor del Rey presentándose en ella como anfitrión, actuando como vasallo fiel y trabajando en tres frentes constructivos. En efecto, al servicio de la corona este valido de Felipe III inició la construcción de un Palacio Real en la Corredera de San Pablo, tras comprar y ampliar el palacio que perteneciera a los descendientes de Francisco de los Cobos; adquirió el patronazgo y emprendió la reforma de la iglesia de San Pablo, a la que duplicó la altura de la nave y la fachada hasta adquirir su aspecto actual, con la idea de ser utilizada como capilla palatina en las ceremonias solemnes; puso a disposición real el Palacio de la Ribera, con su huerta, agua abundante y extensos jardines, planificada junto a un caudaloso río que no disponía en Madrid. Todos estos elementos favorecían el tipo de Corte deseada por las monarquías europeas y, más aún, por el pretencioso Duque de Lerma.


Los trabajos del nuevo palacio campestre, en la ya denominada Huerta del Rey, comenzaron en 1602 con la intención de establecer un contrapunto al Palacio Real. Allí los asuntos oficiales de estado, en éste, fiestas y relajación. Los trabajos se realizaron paralelamente en el palacio y la huerta. El edificio, acondicionado como ya se ha dicho por Francisco de Mora, con la posible colaboración de Diego de Praves, Juan de Nates y Bartolomé de la Calzada, estaba terminado en 1605, año en que nace en Valladolid el sucesor Felipe IV, ofreciendo todas las características de una casa de placer para el Rey y su valido, alejada del bullicio urbano y rodeada de frescor.




El Palacio de la Ribera estaba distribuido en dos partes, una orientada al norte del pabellón principal, que constituía uno de los lados de un patio cerrado con tres galerías con soportales, y otra orientada al sur, con una construcción formando un ángulo con el pabellón principal y un jardín adornado con parterres. En la intersección de los dos edificios se alzaba una torre rematada por un chapitel de plomo, desde la que se dominaba el río y los jardines. La entrada principal se abría hacia el Paseo del Prado (actual carretera de Salamanca). El palacio, perpendicular al río y al estilo clasicista de los Austrias, estaba ubicado en una zona alta a salvo de las temibles crecidas del cauce. En su fachada sur se abrían cinco puertas y veinte ventanas grandes, en la fachada norte treinta y cuatro ventanas y en la parte orientada al río tres balcones. En su interior tenía un zaguán, un oratorio, una escalera principal, cuatro aposentos en la planta noble y otros tres en la parte superior, todos ellos con los techos pintados, junto a otras dependencias y servicios.




Por su parte, el patio estaba acondicionado para permitir la celebración de corridas de toros, por lo que se ve, una afición atávica de la monarquía española, en las que se celebraba, por las condiciones de su emplazamiento (enfrente de la actual Playa del Pisuerga), la fiesta del “Despeño del toro”, en la que el animal era lanzado al río por una rampa colocada a tal efecto y allí lanceado desde las góndolas para regocijo de los ciudadanos agolpados en la otra orilla.
Sus dependencias albergaron el boato propio de una Corte barroca, destacando la colección de retratos reales de Pantoja de la Cruz y Rubens, junto a pinturas de los Carducho, Andrea del Sarto, Veronés, Tiziano, Basano, y hasta una obra de Rafael, según consta en el inventario del 15 de noviembre de 1607, conservado en el Archivo General de Palacio en Madrid. Precisamente Rubens pudo conocer personalmente las fiestas del palacio en 1603, cuando llegó a Valladolid como embajador del Duque de Mantua. Durante su estancia de varios meses pintó algunos retratos, como el del “Duque de Lerma a caballo”, hoy en el Museo del Prado, y obras como “Demócrito y Heráclito”, actualmente conservado en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio, abominando del modo de pintar de los pintores de cámara del Rey.

Copiando la experiencia florentina de Vasari, que unió el centro de gobierno con la residencia palaciega mediante pasadizos que permitían a los gobernantes desplazarse sin riesgo de atentados, el Duque de Lerma, que ya había aplicado esa misma solución en su villa natal, dispuso una serie de pasadizos para enlazar el Palacio Real y el Palacio de la Ribera, cuyo recorrido se ajustaba a la actual calle de San Quirce, bordeando el palacio de los Condes de Benavente.


Para acceder al Palacio de la Ribera se construyeron en ambas orillas sendos embarcaderos. En el del palacio se levantaba una torre cuadrada de madera con una estancia superior a la que se accedía por escaleras y con ventanas cubiertas por celosías. Aparte de permitir el acceso a las embarcaciones, ya que el cruce al palacio se realizaba en barco, no a través del Puente Mayor, hacía las funciones de un cenador elevado sobre el nivel del agua, especialmente atractivo en tiempo de verano. Por otra parte, se estudiaron las posibilidades de hacer navegable el río hasta el Monasterio de Prado, incluso se planteó el continuar la navegación hasta Zamora, pero tras el retorno de la Corte a Madrid en 1606 estos planes fueron olvidados.

Junto al acondicionamiento del embarcadero, fue construido en las proximidades del Puente Mayor un ingenio hidráulico para subir el agua del Pisuerga a los jardines y cultivos de la Huerta. Con la aprobación y el regocijo del Ayuntamiento, y con la colaboración con el arquitecto Diego de Praves, la atrevida obra fue llevada a cabo por Pedro de Zubiaurre, que había actuado como espía de Felipe II en la corte inglesa, donde copió el ingenio experimentado por Peter Morris en las aguas del Támesis en Londres. Lo complejo de esta obra, totalmente novedosa en España, en la misma línea de la maquinaria que el cremonés Juanelo Turriano construyera para Carlos I en Toledo sobre las aguas del Tajo, hizo que los trabajos de estructura, norias, arcas de distribución y cañerías de plomo se prolongaran hasta 1618.



Sobre las aguas del Pisuerga estuvieron en servicio un conjunto de galeras y góndolas que eran utilizadas tanto para cruzar el río como en los espectáculos de las fiestas. Destacaba la galera real “San Felipe”, así bautizada en honor del rey, dorada y pintada en color azul en 1602 por Santiago de las Cuevas. Ese mismo año, el pintor Bartolomé Carducho pintaba dos escudos reales en los estandartes de una nueva góndola, siendo Santiago Remesal otro pintor “maestro de galeras” que decoró las banderas y gallardetes de las embarcaciones, donde junto a motivos religiosos figuraban los emblemas reales y el escudo de Valladolid.
Fuentes y estatuas articulaban los ejes visuales de los paseos ajardinados siguiendo modelos tardo-renacentistas italianos, con especies botánicas muy seleccionadas que creaban un sugestivo paisaje al sur del palacio, donde se desarrollaba un extenso jardín con numerosos bancos, en cuyo fondo se levantaba una gran pajarera con aves exóticas.
La obra cumbre de estos espacios era la fuente que presidió el jardín principal de la Huerta del Rey, formada por un estanque y una gran taza coronada por el grupo escultórico de “Sansón matando a un filisteo”, obra maestra del escultor manierista Juan de Bolonia o Giambologna. La escultura procedía de la casa del embajador de Florencia, donde la compró el Duque de Lerma. Desgraciadamente, el año 1623 sería regalada por Felipe IV, junto a un cuadro de Veronés de este mismo palacio vallisoletano, al príncipe de Gales. Actualmente se conserva en el Victoria & Albert Museum de Londres, siendo una de la joyas del museo. Por otra parte, la taza de la fuente salió de Valladolid en 1653 para servir de base a la Fuente de Baco, en el Jardín de la Isla de Aranjuez, donde permanece hoy día.



La Corona se desinteresó con el tiempo del edificio, realizándose pequeñas obras durante las visitas de Felipe IV en 1660, para el que se organizaron fiestas de toros, y de Carlos II en 1690. El Palacio de la Ribera conoció su decadencia definitiva a partir del siglo XVIII, siendo desperdigadas sus obras de arte. En 1761 el arquitecto Ventura Rodríguez aconsejó su derribo y las edificaciones fueron paulatinamente demolidas para reaprovechar algunos de sus elementos en otros edificios de Valladolid.
Una puerta de la Huerta del Rey fue trasladada al monasterio de San Benito, hoy Museo Patio Herreriano, siendo durante muchos años uno de los pocos rastros tangibles en Valladolid de aquel enclave, cuyos restos desaparecieron totalmente a mediados del siglo XX entre la maleza, quedando el terreno arrasado, sin la mínima señal del esplendor de aquellos salones, fuentes y jardines, ni siquiera del ingenio hidráulico que remontaba las aguas del Pisuerga. Hoy día, como en el resto de la ciudad, sobre aquellos terrenos se levantan altas torres de viviendas que poco hacen recordar aquel privilegiado lugar de ocio y descanso.

En la actualidad, después de realizar tareas de desescombro y limpieza en la zona próxima al río, el Ayuntamiento ha recuperado dos largos muros de la cimentación, uno de piedra y otro de ladrillo, que permanecían prácticamente enterrados, así como una pequeña dependencia que estuvo perdida durante siglos. Para permitir el acceso a estos testimonios del pasado se ha abierto un pequeño camino que bordeando el río llega a los restos de aquella suntuosa residencia de recreo a orillas del Pisuerga.

-Fuente: http://domuspucelae.blogspot.com/2009/06/historias-de-valladolid-el-palacio-de.html

El Ayuntamiento ha concluido el acondicionamiento de los restos de la vieja residencia de verano Felipe III


28/11/09

Ruta Valladolid Capital de la Corte 1601- 1606


La Ruta Valladolid Capital de la Corte 1601- 1606 hace un recorrido por los monumentos más importantes de la Villa durante los seis años en que Felipe III y Margarita de Austria residieron con la Corte en Valladolid.

El recorrido

La visita al Palacio Real , asiento de la Corte con Felipe III y Margarita de Austria, y lugar de nacimiento de Felipe IV (1605), junto al entorno de la Plaza de Palacios, nos permite hablar de personajes históricos como el Duque de Lerma, valido de Felipe III (que se hizo enterrar en la capilla Mayor de San Pablo aunque actualmente las esculturas de Pompeio Leoni que formaban el grupo funerario se encuentran en la capilla de San Gregorio.), y el Conde de Gondomar , embajador en Inglaterra y poseedor de la mejor biblioteca privada de Valladolid en el S XVII que se encontraba en el popularmente conocido Palacio del Sol.

Palacio Real

Seguiríamos este recorrido hacia el Palacio del Conde de Benavente , (donde tuvo lugar el nacimiento de la primogénita de Felipe III, Ana Mauricia de Austria, esposa de Luis XIII y madre de Luis XIV de Francia), recreando a lo largo de la calle de San Quirce lo que fueron los pasadizos aéreos que comunicaban el Palacio Real con el Palacio de la Huerta del Rey (inexistente en la actualidad).

Palacio del Conde de Benavente

Los monarcas contaron además con otro palacio de recreo en las afueras de la ciudad, hoy desaparecido: el Palacio de la Ribera (actual barrio de la Huerta del Rey).

La ciudad cuya población se duplicó en esos seis años, cambió su fisonomía con el fin de agradar a la Corte, creándose zonas de paseo como el Espolón Viejo y el Nuevo (junto al Prado de la Magdalena).

De camino a la Plaza Mayor haríamos un alto en el Convento de San Agustín (hoy Archivo Municipal), cuya capilla mayor fue lugar de enterramiento de los Condes de Villamediana, (cuyos escudos se encuentran en la fachada), y en la iglesia de San Benito, cuyo pórtico perdió los dos cuerpos superiores en las luminarias que se hicieron en la ciudad para celebrar el nacimiento del heredero en 1605, el futuro Felipe IV.

Convento de San Agustín

La Plaza Mayor fue uno de los puntos de la ciudad en el que se celebraron los festejos de La Corte en honor de los numerosos visitantes que acudieron a Valladolid en aquellas fechas como Lord Charles Howard of Eiffingham, embajador de Inglaterra.o Pedro Pablo Rubens embajador del Duque de Mantua.

Plaza Mayor

Son muchos los personajes que acompañaron a la Corte en su viaje de Madrid a Valladolid, numerosos artistas como Gregorio Fernández y literatos que fueron testigos de todos estos acontecimientos como Miguel de Cervantes o el portugués Tomé Pinheiro da Veiga autor de La Fastiginia.

Fueron muchos los edificios que se construyeron en aquellos años destacando las fundaciones religiosas como las Descalzas Reales o el Convento de Porta Coeli (Las Calderonas) fundado por D. Rodrigo Calderón, hombre cercano al círculo de poder del Duque de Lerma que murió ejecutado en Madrid y cuyo cadáver se encuentra en el convento de la calle Teresa Gil.

-Fuente: http://www.diputaciondevalladolid.es/turismo/rutas/29/Valladolid+Capital+de+la+corte+1601-1606

27/11/09

El edificio de la Electra Popular Vallisoletana

El edificio de la Electra, entre las calles Veinte de Febrero y Paseo de Isabel la Católica, construido a caballo de 1906 y 1907, ha sido objeto de atención desde hace algún tiempo. Obra maestra de la Arquitectura Industrial, ha sido justamente encomiada por el profesor Nicolás García Tapia. Ello no ha impedido que esté amenazada de destrucción al haber sido planteada la construcción de un gran hotel en los terrenos que ocupa.
Puede y debe esperarse, no obstante, que la alta sensibilidad histórica y artística de los actuales responsables de Iberdrola en Castilla y León evite despropósitos irremediables, lo que resultará todavía más factible si la opinión pública se manifiesta de modo inequívoco en un sentido conservacionista.
Tal apelación a la responsabilidad de toda la ciudadanía, y no solo de los responsables de la empresa, se hace necesaria por cuanto se trata de la preservación de uno de los edificios más valiosos, desde el punto de vista arquitectónico e industrial, del pasado de nuestra ciudad y aun de toda la región castellana y leonesa.
El edificio original de la Electra, que cuenta con algún grado de protección derivada del Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid, fue diseñado en 1905 por el ingeniero industrial Isidro Rodríguez Zarracina. El edificio conoció una ampliación en la década de 1920, que no goza de protección, pero que fue asimismo obra de otro profesional emérito: el arquitecto palentino Jerónimo Arroyo, cuya figura y realizaciones, en Valladolid y en Palencia, gozan de una elevada consideración.

Además, por si lo anterior todavía no resultara suficiente, la Electra tuvo una gran importancia económica para Valladolid y otras áreas próximas. No se trató de la empresa pionera en la introducción de la energía eléctrica en la ciudad del Pisuerga. Ese honor le correspondió a su predecesora, la Sociedad Electricista Castellana, constituida en 1887. Pero la Electra Popular Vallisoletana fue representativa de las empresas eléctricas de segunda generación vinculadas al transporte de energía hidroeléctrica lejana. 'Electra' se constituyó para distribuir en Valladolid la energía del salto de San Román de El Porvenir de Zamora, finalizado en 1902. La Sociedad Electricista Castellana producía mayoritariamente energía térmica, de superior coste y, como es natural, de mercado más reducido (escasos abonados de luz, casi nula difusión de motores eléctricos) y prestaba servicio, además, en condiciones muy deficientes. La energía hidroeléctrica que llegó a Valladolid permitió extender el consumo de electricidad entre las clases media y baja de la población, crear tranvías eléctricos e impulsar la electrificación de la industria, muy en especial la de los talleres del Ferrocarril del Norte.

Vista desde la calle 20 de febrero

Así pues, la Electra estuvo ligada a un proyecto de regeneración económica de Valladolid. Su gran impulsor fue Santiago Alba, prohombre de la Restauración, varias veces ministro y figura señera en la economía y la política nacionales. Entre sus colaboradores destacó Julio Guillén, padre del inmortal poeta Jorge Guillén, luego accionista y consejero de la empresa como lo había sido su padre. Otro nombre ilustre entre los consejeros fundadores: el del eminente catedrático y político republicano José Muro, cuyo nombre designa una de las principales arterias de la ciudad.


Las referencias socioeconómicas podrían prodigarse mucho más. Porque hablar de la Electra es hablar de uno de los núcleos de la economía y la política locales. La misma Electra que han conocido por ese nombre muchos vallisoletanos, aun después de desaparecer jurídicamente en 1973, al ser absorbida por Iberduero, hoy Iberdrola.
Por todo ello la centenaria Electra no debe caer en el olvido. El edificio amenazado de demolición, aparte de su valor en sí mismo, nos remite a profesionales de la enjundia de Isidro Rodríguez Zarracina y Jerónimo Arroyo. La historia de la empresa que tuvo en él su sede social nos conduce a personajes de la talla de Santiago Alba, José Muro o Julio Guillén, padre del poeta Jorge Guillén. La peor piqueta es la desmemoria. No debemos caer en ella.


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-Fuente: http://www.nortecastilla.es/pg060531/prensa/noticias/Articulos_Opinion/200605/31/VAL-OPI-216.html
-Fuente: http://www.astrored.org/enciclopedia/wiki/Econom%C3%ADa_de_Valladolid

23/11/09

Ramales y puentes del Río Esgueva

El Esgueva en lo que hoy es la Calle Paraiso

CUANDO la Esgueva serpenteaba entre las casas y monumentos, muchos de ellos hace años desaparecidos, los vallisoletanos veían en el disgregado cauce un colaborador natural en su quehacer diario. En Las Carnecerías situadas en la actual plaza de Cantarranillas vertían los desperdicios del suministro de carne a la ciudad; en los molinos que existieron junto al convento de San Benito, fabricaban parte de la harina de que se surtía la ciudad, mientras su femenino cauce, marcado por suaves curvas, hacía posible el cultivo de las verduras después vendidas en la plaza del Mercado.


Muchos años más tarde, en el siglo XIX, las aguas de la Esgueva (oculta ya la mayor parte de su trazado interior por la bóveda de piedra que permitió la edificación de calles como Miguel Íscar), movían los mecanismos de la fábrica de harinas La Ascensión, mandada edificar por Anselmo León en 1898 en terrenos que ocupó la antigua Casa Sindical y que, aparte de su producción harinera, se dedicó también a la distribución de energía eléctrica.

Puente sobre el Esgueva en Los Vadillos

El cauce y algunos de los puentes que lo cruzaban fueron lugares escogidos por los vallisoletanos para arrojar los desperdicios domésticos, dando lugar no solo a la publicación de bandos de las autoridades, sino que sirvieron a Quevedo en su alegato contra Valladolid como sede de la Corte y determinaron la cubrición de los ramales como medida necesaria para librar a la ciudad de malos olores y riesgos sanitarios.

En lo que sería la Calle Miguel Íscar

Los dos ramales conocidos de la Esgueva estuvieron integrados por pequeños afluentes originados por algunos de los manantiales que pueblan el subsuelo vallisoletano, y así el antiguo Prado de la Magdalena, donde estuviera emplazada una fábrica de papel y donde fueron trasladadas Las Carnecerías, estaba cruzado por no escasos cauces de agua que aumentaban el placer de los paseantes.

Restos del puente sobre el río Esgueva en el Prado de la Magdalena

De entre los ramales cabe destacar el que se dirigía desde el barrio de San Juan a la Catedral, y que en nuestros días ha ocasionado varias inundaciones en los sótanos de la Universidad vallisoletana.

Puertas de Tudela

Así como la evolución urbana de Valladolid exigió en tiempos de Miguel Iscar la cubrición de los ramales de la Esgueva, en nuestros días el controvertido plan de urbanización que lleva a cabo nuestro Ayuntamiento ha dado lugar a una puesta al día de los antiguos cauces que cruzaron el centro de la ciudad, dejando al descubierto tanto la antigua bóveda de piedra como algunos de los puentes de piedra que cruzaron los polémicos cauces.


En el ramal del norte se han podido ver los restos de los puentes del Seminario, otros hacia la mitad de la calle del Paraíso, uno perpendicular al atrio de La Antigua, el que fuera popular puente de las Cabañuelas, así como los situados en las calles de Los Tintes, Bajada de la Libertad, Platerías y San Benito.


Del ramal del sur quedaron al descubierto el situado en la desembocadura de dicho ramal en el Pisuerga, el puente del Arco, en la calle Santiago y el puente de Ezpeleta en la calle Miguel Íscar. Cabe agradecer a cuantos intervienen en las labores arqueológicas de las nuevas edificaciones la profesionalidad y cariño con que tratan la auténtica memoria histórica de Valladolid.

-Fuente: http://www.nortecastilla.es/prensa/20070115/valladolid/ramales-puentes_20070115.html

22/11/09

La Plaza de Cantarranas


En conjunto se llamaba “Cantarranillas” al espacio comprendido entre la calle Macias Picavea, Plaza de Fuente Dorada y acera de los pares de la Calle Platería, hacia el Esgueva, del lado de la plaza de La Libertad; el 10 de abril de 1863, se dio a la calleja que bajaba desde la plaza últimamente citada, el nombre de “Calle de Ebanistería”, y quedó con “calle de Cantarranillas” el tramo estrecho desde la de Macías Picavea a la plazuela, y esta con el de “Plazuela de Cantarranillas”.


A mediados de los años 60

El nombre estaba justificado por haber pasado por allí el río Esgueva, que iba descubierto, en cuyo cauce las ranas y sapos daban sus acostumbrados conciertos.

La zona de Cantarranas según el plano de Bentura Seco ( con B) de 1738

En la plaza hubo un puente, cerca de la calle de Gallegos, que se llamaba así, “puente de los Gallegos”. También aparece la plaza llamada muchas veces “la Virgencilla”, y debió ser por tener alguna efigie de María, en algún nicho o cosa semejante.


En la plaza debió haber un corral que llamaron “corral del Abad”, pues en los autos del Regimiento de 1499 (folio 232 v.) se lee “corral del abad hasta la Costanilla”, y es fácil que fuera una callejuela estrecha que iba desde la plazuela de la Fuente Dorada a la de Cantarranillas, calleja donde se quiso hacer un abrevadero para las bestias a principios del siglo XVI.


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Fuente: Las Calles de Valladolid. Autor: Juan Agapito y Revilla
(
ISBN:84-9761-142-X)

El Gran Bazar Parisién


Cuando a partir de 1868 se instituyó la peseta como moneda oficial, el comercio entró en una mayoría de edad seguramente porque también crecía la ciudad en número de habitantes y en capacidad adquisitiva. Aparecieron las tiendas con llamativos escaparates, se crearon las zonas comerciales en calles céntricas, Acera de San Francisco, Santiago, Constitución. Duque de la Victoria, Regalado…, una especie de milla de oro del comercio, aunque la gente no sabía lo que era una milla porque hasta hacía poco se había arreglado con la legua, y del oro tenía referencias escasas, algunos pendientes de la abuela y cosas así.


Fue en esa emergente fiebre mercantil cuando Ambrosio Pérez estableció en la privilegiada esquina de la Acera de San Francisco y la calle Santiago su “Gran Bazar Parisién”, una tienda hermosa, la mejor de la ciudad, donde se vendían joyas, relojes de oro y plata, bisutería, artículos de regalo y decoración, juguetes, óptica…Una oferta barroca y deslumbrante como nunca antes se había visto, que se exhibía a modo de reclamo en sus llamativos escaparates inspirados, decían, en los más elegantes establecimientos de París.
La tienda de Ambrosio Pérez tenía su encanto en lo excesivo, en lo recargado de su fachada, en la abundante oferta de productos hasta entonces desconocidos. Teniendo en cuenta que cuando se abrió el “Bazar Parisién”, Valladolid apenas llegaba a los 50.000 habitantes, resulta sorprendente el copioso surtido que guardaba en su almacén para respaldar la oferta con la que se anunciaba a la prensa.


En este local noticia frecuente, no solo por el género tan atractivo que exhibía en sus escaparates, sino además por la artística decoración de la fachada que realizó Andrés Gerbolés en 1901, muy aplaudida en los periódicos y celebrada por los transeúntes que, aún no entrando a comprar, tenían el “Bazar Parisién” como parada obligada para dejar volar la imaginación.
El “Gran Bazar Parisién”, que echaba el resto en fechas señaladas como ferias y navidades, fue el que popularizó el uso del reloj hasta límites insospechados. Antes, la gente sabía la hora que era por las campanadas de las iglesias, hasta que Ambrosio Pérez llenó lasa casas y los bolsillos de relojes de todos los modelos y precios imaginables. Aquel establecimiento, que todavía hoy mantiene su leyenda su prestigio, fue el estandarte de un nuevo concepto comercial en Valladolid.


-Fuente: El Templete de la Música - Jose Miguel Ortega Bariego.
ISBN: 978-84-96864-13-9



20/11/09

La Ejecución de Don Alvaro de Luna


En la madrugada del día 22 de junio de 1453, en una apacible noche de verano, la calle Francos de Valladolid (actual Juan Mambrilla) conocía un movimiento nocturno poco habitual.


Todo ello se debía a que en la casa de don Alonso de Zúñiga pasaba su última noche el Condestable don Alvaro de Luna después de ser sentenciado a muerte.
Desde su apresamiento el 8 de mayo en la casa de Pedro de Cartagena en Burgos, donde se hospedaba, se habían ido sucediendo una serie de desafortunados acontecimientos. Tras ser conducido prisionero al castillo de Portillo, se reunió en Fuensalida un tribunal especial nombrado por el rey Juan II para juzgarle. Sin respetar las reglas y procedimientos judiciales, le sentenciaron a ser degollado públicamente acusado de tiranía, usurpación de la corona y enriquecimiento personal, además de ser confiscados todos sus bienes. Todo ello obedecía a la conjura de un grupo de nobles que, teniendo motivos más que suficientes para estar disconformes con los modos de gobierno de don Álvaro, conseguían con estas acusaciones acabar con el inmenso poder que había acumulado por la confianza en él depositada por el rey.

Catillo de Portillo

El día había sido muy ajetreado. Una comitiva de soldados y franciscanos, al mando de don Diego de Zúñiga, había escoltado con discreción a don Álvaro desde su prisión en el castillo de Portillo hasta Valladolid para ejecutar la sentencia. Durante el camino, cuando el fraile Alonso de Espina reveló al condenado el destino que le esperaba a su llegada, don Álvaro lo aceptó con resignación y le pidió que no se apartara de él. Pero una vez en Valladolid fue conducido a la residencia de don Alonso Pérez de Vivero, ministro del rey y contador mayor del reino, al que don Álvaro había ordenado matar en su propio palacio el 30 de marzo de aquel mismo año. Allí, ante lo que suponía una afrenta, fue recibido con insultos y amenazas por parte de la viuda y los criados en medio de una tensa situación, por lo que se optó por conducirle a la casa de los Zúñiga.

Casa de Los Zúñiga

Aquella noche, junto a la puerta de este palacio y en el amplio zaguán permanecía de guardia un retén que controlaba las entradas y salidas. Muy de madrugada, cuando el cielo comenzaba a clarear, el reo hizo confesión, oyó misa y comulgó acompañado de su paje Morales, tras lo cual solicitó un plato de cerezas y un vaso de vino como última voluntad. Hacia las nueve de la mañana don Álvaro, cubierto con una gran capa negra y a lomos de una mula, fue conducido por las calles de Valladolid hacia el patíbulo. En la cabecera del cortejo y realizando paradas similares a las que actualmente se realizan en el Pregón de las Siete Palabras, un pregonero iba voceando la sentencia. En una de las paradas, el pregonero se equivocó al leer el texto diciendo “servicio a la corona” en lugar de la verdadera expresión escrita “deservicio a la corona”. Don Álvaro se dirigió a él y le dijo: “Bien dices hijo, por los servicios me pagan así. Más merezco”.
Después de recorrer las calles de Francos (Juan Mambrilla), Esgueva, Angustias, Cañuelo, Cantarranas (Macías Picavea) y Costanilla (Platerías), la comitiva llegó a la plaza del Ochavo, junto a la Plaza del Mercado (Plaza Mayor), donde se había levantado un cadalso formado por un tablado sobre un soporte de piedra. En él estaba colocada una cruz, dos teas a los lados, una alfombra en el suelo y un madero con un garfio en lo alto. El deseo de ver a quien durante tanto tiempo había gozado de los favores del rey, que ahora le condenaba, hizo que la plaza estuviera muy concurrida de ciudadanos expectantes.


Plaza del Ochavo

Cuando subió al cadalso hizo una reverencia a la cruz y dirigiéndose a su paje Morales se quitó el sombrero y el anillo y se los entregó diciendo: “Esto es lo postrero que te puedo dar”. El llanto y la pena del mozo emocionaron a todos los presentes creando un ambiente desolador. Don Álvaro levantó su mirada al cielo y vio el garfio de hierro (garvato) clavado en lo alto del madero. Dirigiéndose al verdugo le preguntó para qué era aquello. Cuando el verdugo le respondió con pesar que estaba preparado para colocar su cabeza, don Álvaro le expresó: “Después de yo muerto, del cuerpo haz a tu voluntad, que al varón fuerte ni la muerte puede ser afrentosa, ni antes de tiempo y sazón al que tantas honras ha alcanzado”. Acto seguido, colocándose bien la ropa sacó una cinta del pecho y se la entregó al verdugo diciendo: “Átame con ella, y te ruego mires si traes tu puñal bien afilado, porque pronto me despaches”. El verdugo le ató las manos, le desabrochó la camisa y puso su cabeza sobre la alfombra. De un corte certero le degolló entre los rezos de los frailes asistentes y a continuación le decapitó, siendo la cabeza mostrada a los presentes en lo alto del palo. Allí permaneció expuesta los nueve días siguientes, mientras el cuerpo fue retirado el tercer día.

Ejecución de don Alvaro de Luna, de Madrazo

Junto al cadalso, como era costumbre, se colocó una bandeja de plata para recoger limosnas para sufragar el entierro, que en esta ocasión se llenó de monedas. Como era preceptivo, el cuerpo fue trasladado en unas andas por los frailes de la Misericordia hasta la iglesia de San Andrés, por entonces una ermita situada a extramuros de la ciudad, en cuyo recinto se venía dando enterramiento a los ajusticiados y malhechores.

La argolla colgada de los soportales de la plaza del Ochavo recuerda el lugar del que pendió su cabeza. (Leyenda no del todo confirmada)

Pasados dos meses, el cuerpo y la cabeza fueron trasladados en solemne procesión, con la asistencia del rey, prelados y caballeros, hasta el convento de San Francisco (en la actual Plaza Mayor). Tiempo después un hermano de don Álvaro, don Juan de Zerezuela, trasladó los restos hasta la capilla que fundara el Condestable en la catedral de Toledo, donde descansa junto a su segunda mujer, doña Juana de Pimentel, que desde la ejecución de su marido firmó siempre sus documentos con el sobrenombre de "La Triste Condesa", y sus hijos don Juan y doña María, en elegantes sepulcros de mármol y alabastro. Aunque los bienes de la familia fueron confiscados, lograron conservar las posesiones que doña Juana de Pimentel llevó como dote, entre las que se incluía la villa abulense de Arenas y su castillo.
El rey Juan II enfermaría poco después de la ejecución, según algunos debido al remordimiento, tornándose su carácter en melancólico y ausente hasta su fallecimiento el 21 de julio del año siguiente.

-Fuente: http://domuspucelae.blogspot.com/search/label/Historias%20de%20Valladolid

-Don Alvaro de Luna

Iglesia de la Vera Cruz


En 1581 la cofradía de la Santísima Vera Cruz, la más antigua de las cuatro cofradías penitenciales que existieron en Valladolid en el s.XV y XVI y que estaba vinculada al cuidado de los enfermos contagiosos, logró el permiso de Felipe II, en carta desde Lisboa, para edificar iglesia y hospital al final de la calle Platerías.


Las trazas de la primera iglesia-hospital, de Pedro de Mazuecos, tuvo que respetar la fachada en arco que existía al fondo de la calle (cuerpo bajo preexistente de Juan de Escalante a modo del arco triunfal de Pola con columnas pareadas y propias de la tratadística de Serlio). En 1595 intervienen en la portada Juan de Nates y Diego de Praves y se coloca un gran balcón corrido a la calle. En su fachada, de carácter civil, se utilizará piedra y ladrillo, lo mismo que en las casas de la calle según la normativa de 1561. Sobre el balcón se colocó una estatua de Constantino, en clara alusión a la dedicación de la iglesia.


Cristo atado a la columna de Gregorio Fernández

Hacia 1667 se amplia al actual por J. Tejedor. Al interior se pueden admirar junto a los retablos barrocos los pasos procesionales más singulares de la Semana Santa como “la Borriquilla” de madera y papelón, único del s.XVI que aún se conserva, o del propio G. Fernández y su taller: Atado a la Columna, Ecce Homo, Oración del Huerto, Descendimiento y Dolorosa. Sin embargo, el símbolo de la Cofradía, más emblemático, que sale en procesión el 3 de mayo, “la Cruz de mayo”, es la reliquia del Lignum Crucis, obra de orfebrería en plata y oro al estilo de los Arfe.

Reliquia del Lignum Crucis


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-Fuente: http://www.valladolidturismo.com/contenido.php/iglesia_vera_cruz/?art_id=1707

19/11/09

La Calle Paraiso

De las calles de nuestra ciudad que en último siglo han cambiado varias veces su configuración quizás sea la calle del Paraíso una de las que haya experimentado mayor variación.

D. Juan Agapito y Revilla nos dice en su conocida obra <Las calles de Valladolid>, que hasta 1862 la calle no era otra cosa que parte del cauce del Ramal interior de la Esgueva, dotado de sendas calzadas en sus márgenes (era el tramo comprendido entre el puente de <La Virgencilla> (al que dio su nombre la pequeña imagen que desde la Edad Media fue patrona del gremio de <cortadores>, los carniceros de entonces) y el puente de Las Parras.

En la calzada de la derecha existían algunas casas, mientras que la izquierda correspondía a la parte posterior de las casas de la calle de Francos (hoy Juan Mambrilla), que ocupaban los jardines, huertos y otros servicios de la calle palaciega. El lugar, debido a los malos olores y al riesgo de inundaciones, no fue precisamente uno de los preferidos por los vallisoletanos.

Cuando en 1848 se dieron los primeros pasos para cubrir y rellenar el cauce de nuestro segundo río, y en la sesión municipal de 10 de abril de 1863, la referida vía fue titulada calle del Paraíso, por la existencia de un árbol de esta clase que, según el citado historiador, había en uno de los jardines lindantes con el cauce en su margen izquierda.

En sus primeros tiempos, las edificaciones eran casas de las llamadas <molineras> y entre ellas destacaba la casa situada en el cruce de la calle con la de Ramón y Cajal, frente al actual colegio de La Enseñanza que era una típica casa castellana del siglo XVI.

Calle Paraiso cuando era el cauce del Esgueva

A principios de siglo se construyó la primera casa <de pisos> (la correspondiente el Nº1 de la calle) y durante los años cincuenta y junto a dicho edificio, abría su estrecha puerta una escuela pública, que fue sede de distrito en las primeras elecciones democráticas. A continuación un solar cercado acogió, primero, a un depósito de chatarra y después a una carbonería. A continuación las dependencias de la antigua <Puebla de Sámano>, acogieron a un taller de carpintería.

En la acera de los números pares se iniciaba la numeración con el Colegio de Sordomudos, unas cocheras que correspondían a la casa Nº 3 de la calle de Francos, una <Posada> en la que se <aparcaron> los carros, bicicletas y las primeras motocicletas que utilizaban los habitantes de lugares próximos a Valladolid y que venían a la ciudad a resolver sus asuntos. Seguía la trasera de <> (última sede del desaparecido <Diario Regional>) una carpintería que incluye en su trabajo la carpintería metálica, cerrando la calle el alto muro que cerraba la huerta y jardín del colegio de La Enseñanza, en cuyo muro, frente a lo que fuera Hospital Provincial, continúa siendo venerada por los vallisoletanos la imagen de <La Virgencilla>.

Iniciada la <puesta al día> de la calle con la construcción de la casa Nº 10, la antigua margen derecha se transformó en la actual aglomeración de altas casas (incluida la desaparición de la antigua casa de la Puebla de Sámano) que acogieron en los años cincuenta a quienes trasladaron su residencia a nuestra ciudad con motivos del <desarrollo industrial>. En la acera de los números pares, el Colegio de Santa Rosa de Lima, edificado sobre el solar (reducido por exigencias de urbanización), ha sustituido al antiguo de Sordomudos; las antiguas cocheras cedieron su lugar al actual Pasaje de Alarcón; las partes posteriores de los que fueron las casas 5 y 7 (incluida la antigua posada) se han transformado en varios portales de altas casas de vecinos; <Gráficas Andrés Martín> recuperó la propiedad de las instalaciones del periódico desaparecido y, a continuación del Nº 10 y la carpintería sobreviviente, los muros del Colegio de la Compañía de María, acogen hoy un campo de deportes, mientras la Virgencilla permanece en su pequeña capilla y los puentes descansan bajo el asfalto de la calle.

Si a lo dicho añadimos que más de la mitad de los bajos de la calle dedican su actividad a la <restauración> (bares, mesones, cervecerías y similares) comprenderemos que la calle del Paraíso sea una calle dinámica, juvenil y ruidosa que alcanza su ambiente más alto durante las fiestas y los fines de semana, lo que constituye <la cruz> de los vecinos de la zona que ven aumentada su incomodidad con la casi continua presencia de las ambulancias que se dirigen (día y noche) al Hospital Clínico.

Los ruidos de hoy pueden equipararse a los olores de ayer, pero en todo caso ambos son un tributo que debemos pagar quienes vivimos en el centro de Valladolid histórico.

-Fuente: http://www.valladolid-es.info/calle-paraiso.htm

 
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